Es un Instituto Universitario Internacional de Estudios Superiores fundado por el Santo Padre Juan Pablo II en 1981 con el fin de realizar una labor específica de estudio científico y sistemático sobre todas las disciplinas que afectan al matrimonio y la familia. Es un Instituto anexo a la Pontificia Universidad Lateranense que es la que expide sus títulos. Tiene sedes en Roma (Italia), Washington (USA), México (México), Valencia (España), Bahía (Brasil), Cotonou (Benín), Changanacherry (India), Melbourne (Australia) y Gaming (Austria). La sección española, con sede en Valencia, surgió por iniciativa del Arzobispo de Valencia, D. Agustín García-Gascó y fue erigida el 13 de septiembre de 1994. Desde su fundación está dirigida por D. Juan Antonio Reig Pla, Obispo de Segorbe-Castellón, y de ella dependen todas las actividades del Instituto que se realizan en España.
Fiel a la misión encomendada por el Santo Padre, el Instituto ofrece unos estudios científicos dirigidos a conocer la verdad del plan de Dios sobre el matrimonio y la familia y su proyección en los más diversos ámbitos de la vida y la sociedad. La modalidad específica de los Masters sobre el matrimonio y la familia tiene una vertiente interdisciplinar orientada a saber unir la identidad con la especialización. La identidad cristiana de la que parte el Instituto debe iluminar y guiar las distintas ramas que afectan al conocimiento del matrimonio y la familia.
Presentación
de Mons. Livio MelinaEl 13 de mayo de 1981, el día de una extraordinaria gracia mariana y de una misteriosa intervención de Dios en la historia de la humanidad, es también el día emblemático de nuestro origen: precisamente ese día, de hecho, Juan Pablo II había decidido anunciar públicamente la fundación de nuestro Instituto que lleva su nombre y que él quería que fuese dedicado al estudio del matrimonio y la familia. La idea originaria y la misión específica que lo identifican entre las diversas y variadas instituciones académicas de la Iglesia católica queda así vinculadas indisolublemente a la protección de la Bienaventurada Virgen de Fátima, su celestial patrona, y al testimonio de la sangre derramada en la plaza de San Pedro.
“Esta es la hora de la familia”, en la Iglesia y en la sociedad. “El futuro de la humanidad pasa a través de la familia”. Desde el inicio de su pontificado y después en el transcurso de todo su largo ministerio en la sede de Pedro, la voz profética del siervo de Dios Juan Pablo II se ha alzado con acentos apasionados para señalar la prioridad pastoral de la atención a la familia, fundada sobre el matrimonio como un ámbito en el que el amor humano encuentra el lugar para expresarse y pude así llegar a ser el santuario de la vida, la célula de la sociedad y cultura auténticas. La crisis de toda una época que afecta a la cristiandad occidental con consecuencias imponentes también en la vida de la Iglesia en los diversos continentes del mundo, tiene su epicentro en la familia. Esta crisis apenas si se interesa por un aspecto particular junto a otros, sino que afecta el mismo corazón de la Iglesia y de la sociedad, el centro del que depende la misma vida del hombre.
En verdad uno de los núcleos decisivos de la enseñanza de Juan Pablo II ha sido la íntima conexión, una verdadera “pericóresis” entre la cuestión antropológica y la cuestión matrimonial y familiar. Como hijo y discípulo del Concilio Vactiano II, no ha dejado de meditar la gran paradoja de la existencia humana evocada por Gaudium et spes: “El hombre que es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse a sí misma, sino en el sincero don de sí” (n. 24). De hecho, en su gran encíclica inaugural Redemptor hominis afirmó con palabras vibrantes: “El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente”.
Si el amor es la vocación fundamental e innata de todo hombre, tiene la necesidad de ser iluminada por la verdad. En la entrevista a Vittorio Messori, Juan Pablo II daba testimonio de su solicitud por el amor humano: “Esta vocación al amor es, de modo natural, el elemento más íntimamente unido a los jóvenes, Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada interior en esta dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor. El amor no es cosa que se aprenda, ¡y sin embargo no hay nada que sea más necesario enseñar! Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano. Éste es uno de los temas fundamentales sobre el que centré mi sacerdocio, mi ministerio desde el púlpito, en el confesionario, y también a través de la palabra escrita. Si se ama el amor humano nace también la viva necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello.” Sabía bien, además, que este cuidado, para poder hacer verdaderamente “hermoso” al amor está radicado en una paciente búsqueda de la verdad, esa verdad escrita en el mismo corazón de la persona, como una llamada íntima al don de sí y revelada plenamente en Cristo, Aquél único que revela el hombre al propio hombre y le hace conocer su altísima vocación.
Continuando este altísimo magisterio, su sucesor Benedicto XVI en la encíclica Deus caritas est, ha puesto de relieve la ulterior conexión entre la cuestión del amor, del matrimonio y la familia con la cuestión teológica. En verdad, “Dios se ha servido del camino del amor para revelar el misterio íntimo de su vida trinitaria”, de modo que “A la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano” (n. 11). Cuando tantos otros caminos de acceso a Dios parecen intransitables al hombre contemporáneo este camino de la familia, fundada sobre el matrimonio emerge como un camino privilegiado que Dios ha elegido par revelarse a sí mismo al hombre y en este amor lo llama a una comunión en la vida trinitaria.
El Instituto Juan Pablo II fue querido personalmente por el Siervo de Dios del quien lleva el nombre con una misión de “una particular importancia para toda la Iglesia (…) profundizar cada vez más en el conocimiento de la verdad del matrimonio y de la familia”. Juan Pablo II pensaba de hecho que la acción pastoral de la Iglesia necesitaba sostenerse en una reflexión teológica verdaderamente profunda y fundamental, de carácter sistemático y al mismo tiempo interdisciplinar capaz de originar una visión orgánica. En verdad las respuestas adecuadas en el plano práctico, para adaptarse a las circunstancias de tiempo y espacio siempre diferentes y cambiantes, deben estar radicadas en una sólida antropología filosófica y teológica, en una coherente sistemática trinitaria, eclesiológica y sacramental, en una teología moral adecuada al nuevo dinamismo del sujeto cristiano, capaz de integrar las adquisiciones consolidadas de las ciencias humanas.
La
inspiración original del Fundador, el Siervo de Dios Juan Pablo
II, ha acompañado los primeros veinticinco años de actividad
no sólo con una serie de once intervenciones y discursos dirigidos
directamente al Instituto, sino también con el patrimonio de una
enseñanza magisterial de una riqueza extraordinaria, sobre todo
en la serie de catequesis de los miércoles iniciada el 5 de setiembre
de 1979 y concluida el 28 de noviembre de 1984. Se trata de una herencia
grande y fecunda, que ya ha tenido un primer momento de profundización
sistemática con ocasión del veinticinco aniversario del
Instituto, pero que no cesará de constituir una fuente de inspiración
y de alimentación de la investigación del Instituto. La
experiencia académica de esto veintisiete años de enseñanza
y de investigación, en Roma y en las distintas secciones del Instituto,
ha constatado la fecundidad de la idea inicial, desarrollándola
en una visión orgánica y en un proyecto académico,
al mismo tiempo bien identificado en sus elementos esenciales y abierto
a acoger el fruto de la investigación y del encuentro con nuevas
circunstancias históricas y culturales.
Se comprende que es útil poner a disposición, no sólo de los profesores y de los estudiantes de las Secciones del Instituto y de los Centros asociados, sino también de todos los que trabajan en la vida académica, en la investigación sobre la familia y la pastoral una documentación que exprese la idea, la misión y el proyecto del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los Estudios del Matrimonio y la Familia.
En la primera sección, Identidad y misión, se han recogido las intervenciones más sustanciales del magisterio de Juan Pablo II y de Benedicto XVI: la Constitución Apostólica Mágnum matrimonii sacramentum, del 7 de octubre de 1982, con la que se erige el Instituto y se define su identidad y finalidad; el discurso del 23 de marzo de 1992 con ocasión del X aniversario en el cual Juan Pablo II saca a luz la referencia privilegiada de los estudios al consilium Dei de matrimonio e familia; la alocución del 27 de agosto de 1999 a los participantes a la I Semana Internacional de Estudio, que reclama los fundamentos últimos de la antropología y la articulación de las distintas disciplinas en una visión orgánica; el discurso con ocasión del XX aniversario del 31 de mayo de 2001, que invita a desarrollar una cultura de la familia; y por fin el discurso del papa Benedicto XVI del 11 de mayo de 2006 para el XXV aniversario de su fundación, en el que se indica la familia como un camino privilegiado elegido por Dios para revelarse a sí mismo.
En la segunda parte, Proyecto, se propone sobre todo un texto programático “Perspectivas de investigación y de enseñanza”, que es el resultado de un trabajo común de las distintas secciones del Instituto y acabado en el verano de 2004. Se ilustran las grandes líneas que orientan la investigación científica y la didáctica del instituto. Para terminar se presenta una bibliografía de los textos fundamentales así como una breve presentación de los mismos para introducir a la comprensión de esa visión de la persona, del amor humano, del matrimonio y la familia que caracterizan el Instituto. Obviamente no se pretende ser exhaustivo y se espera que esta lista será completada e integrada continuamente. En este sentido el texto “Apuntes para una historia del Instituto Juan Pablo II” ayuda a entender de qué modo el trabajo de los profesores del Instituto se inserta en un intento de madurar la herencia recibida de Juan Pablo II en contacto con la realidad de la sociedad.
De toda esta documentación emerge con claridad la identidad académica del Instituto: su propio objeto de estudio, la verdad del matrimonio y la familia según el proyecto de Dios; su configuración disciplinar según las cuatro grandes áreas de la antropología filosófica, la teología sistemática, la teología moral y las ciencias humanas; el método de la reflexión que se articula en la confluencia entre la Revelación divina y la experiencia humana.
Igualmente resulta clara la novedad académica del Instituto en el panorama de las realidades universitarias tanto eclesiásticas como civiles, señalada por el mismo Juan Pablo II: el de ser un único Instituto, con un único Gran Canciller y un único Presidente, pero articulado en secciones continentales dotadas de un fisonomía propia. Según el método de la pluriformidad en la unidad, el Instituto participa de tal modo con su específica configuración académica, a la misión de la evangelización y penetración intercultural propia de toda la Iglesia.
Que la Santísima Virgen de Fátima y el
Siervo de Dios Juan Pablo II guíen nuestros pasos en la fidelidad
y la valentía creativa, para que la misión que la Iglesia
ha encomendado al Instituto a favor del amor humano, del matrimonio y
la familia sea realidad.
Roma, 31 de mayo de 2007
Juan
Pablo II Constitución Apostólica Magnum
Matrimonii Sacramentum
7 de octubre de 1982
Constitución Apostólica de Juan Pablo
II Magnum Matrimonii Sacramentum para la definitiva forma jurídica
del Pontificio Instituto de Estudios sobre el Matrimonio y la Familia
Juan Pablo II Obispo siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria
1. La Iglesia siempre ha estado preocupada con particular
solicitud pastoral por el Gran Sacramento del Matrimonio (cfr. Ef
5,32), siendo ella “consciente de que el matrimonio y la familia
constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad”
(Familiaris consortio, 1).
“De hecho la salvación de la persona y de la sociedad humana
y cristiana están estrechamente unidas con la feliz condición
de la comunidad conyugal y familiar” (Gaudium et spes,
7).
De esta particular solicitud pastoral es testimonio el amplísimo
tratamiento que al mismo asunto dedica el Concilio Vaticano II.
Los Sumos Pontífices y también los Obispos de todo el mundo
no han cesado nunca de proponer y urgir una y otra vez a los fieles la
imagen más perfecta del matrimonio y la familia, respondiendo al
mismo tiempo a las cuestiones de esta nuestra época, como ha sucedido
cuando Nuestro Predecesor Pablo VI promulgó la Carta Encíclica
“Humanae vitae”.
Entre los múltiples signos de esta solícita atención,
registrados más recientemente, destacan ciertamente el Sínodo
de los Obispos de Roma, celebrado desde el 26 de septiembre hasta el 25
de octubre de 1980, y la constitución del Pontificio Consejo para
la familia.
2. Entre los principales deberes añadidos a la
misión de la Iglesia en lo que concierne al Matrimonio y a la Familia
debe ser considerada la obligación “de proclamar a todos
el proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena
vitalidad, así como su promoción humana y cristiana”
(Familiaris consortio, 3).
Esta es la razón por el que la Iglesia, principalmente tras el
Concilio Vaticano II, ha estado interesada tanto en la promoción
de la investigación teológica acerca del Matrimonio y la
Familia cuanto en la promoción de institutos que se proponen la
formación pastoral de quienes de modo especial se hallan comprometidos
en este campo dentro de su actividad pastoral. No obstante es por eso
ahora necesario que se crease un Instituto principal de estudios para
la promoción de la investigación teológica y pastoral
sobre Matrimonio y la Familia para provecho de la Iglesia universal.
3. Por eso, después de haber ponderado todo atentamente, establecemos y acordamos que al Pontificio Instituto de estudios del Matrimonio y Familia, ya fundado y operante en la Pontificia Universidad Lateranense, le sea concedido el reconocimiento jurídico, a fin de que la verdad acerca del Matrimonio y la Familia sea indagada con un método siempre más científico, y para que los laicos, religiosos y sacerdotes puedan recibir al respecto una formación científica, ya sea filosófico-teológica, ya sea en las ciencias humanas, de manera que su ministerio pastoral y eclesial venga desarrollado de modo más adecuado y eficaz para bien del Pueblo de Dios.
Por tanto, este Instituto tiene la facultad de conferir, con derecho propio los siguientes grados académicos:
4. El Instituto conseguirá estos fines prescritos:
5. Las autoridades Académicas del Instituto son: el Gran Canciller y Rector de la Pontificia Universidad Lateranense, el Presidente y el Consejo del Instituto. El Presidente, que de oficio pertenece al Senado Académico de la Pontificia Universidad Lateranense, es nombrado por el Sumo Pontífice.
6. Se proveerá a realizar de manera oportuna cuanto queda establecido en esta Constitución Apostólica, con los propios Estatutos, que deberán ser aprobados por la legítima autoridad de la Santa Sede, después de haber oído al Senado Académico de la Pontificia Universidad Lateranense.
7. El Instituto estará ligado, con un vínculo peculiar, al Pontificio Consejo para la Familia, según lo que he descrito en la Carta Apostólica, dictada como Motu Propio “Familia a Deo Instituta”, bajo el n. V, f.
8. El Instituto es confiado al especial patrocinio de la Santísima Virgen María de Fátima.
9. Esta Constitución que, en contra de la costumbre, viene promulgada por el diario “L’Osservatore Romano”, comenzará a estar vigente desde el 14 de octubre de 1982.
Deseamos, finalmente, que esta Nuestra Constitución sea establecida, válida y eficaz, y sea observada escrupulosamente por todos los que están interesados en ella, sin que obste nada en contrario.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de octubre, en la memoria de la Santísima Virgen del Rosario, del año 1982, cuarto de nuestro pontificado.
Juan
Pablo II Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los
participantes en el seminario promovido por el Pontificio Instituto Juan
Pablo II para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia
23 de marzo de 1992
Sed bienvenidos a esta Audiencia especial queridísimos componentes del Instituto para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia. Agradezco al Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense el Padre Humberto Betti por las corteses palabras que me ha dirigido y saludo cordialmente al Monseñor Angelo Scola, obispo de Grosseto, al Presidente, Monseñor Carlo Caffarra, a los Miembros del Consejo, a los Profesores a los ex-alumnos y alumnos y a todo el personal no docente.
1. Me es grato acogeros en esta circunstancia que conmemora el inicio de vuestra actividad académica el año 1981-1982. Han transcurrido pues diez años que señalan ya un tiempo conspicuo de trabajo de iniciativas, de investigaciones y, sobre todo de servicio pastoral a la Iglesia, hoy más que nunca empeñada en evangelizar a la familia. El fin de vuestra actividad es el de contribuir al verdadero bien de la comunidad conyugal y familiar y esto implica una parte conspicua del ministerio apostólico de la Iglesia en un momento en el que la dignidad del núcleo familiar está oscurecida por la plaga del divorcio, del así llamado amor libre, de múltiples formas de egoísmo, del crecimiento de los métodos ilícitos de contracepción, de la preocupante difusión de delitos contra la vida.
El mensaje evangélico sobre la familia está hoy en el centro de una atención decisiva para la existencia cristiana y la nueva evangelización. Vosotros lo sabéis, y por esto trabajáis para que no falte a la predicación de la Iglesia la aportación de los conocimientos científicos que facilitan un diálogo concreto y actualizado sobre los temas humanos de la vida conyugal. De tal manera el anuncio sobre la naturaleza y la finalidad de la íntima comunidad de vida y amor conyugal querida por Dios y elevada por Cristo a la dignidad de Sacramento puede encontrar una mejor acogida en el corazón del hombre. “Cristo el Señor ha infundido la abundancia de sus bendiciones sobre este amor, surgido de la fuente divina de la caridad y estructurado sobre el modelo de su unión con la Iglesia”.
Gracias queridísimos hermanos y hermanas por este trabajo delicado e importante que realizáis en el ámbito de vuestro Instituto. Os animo cordialmente a proseguir en el camino emprendido y a llevar adelante los programas que tenéis planeados para el próximo futuro.
2. A diez años de distancia siguen siendo plenamente válidas las razones que han inspirado la decisión de fundar vuestro Instituto. Como está escrito en la Constitución Apostólica “Magnum Matrimonii Sacramentum” ha nacido “ut veritas Matrimonii et Familiae magis magisque methodo scientifica exploretur” [a fin de que la verdad acerca del Matrimonio y la Familia sea indagada con método siempre más científico]. La Iglesia, como enseña la Exhortación Apostólica “Familiaris consortio” tiene la profunda conciencia de su deber fundamental: “omnibus consilium Dei de matrimonio ac familia declarando, cuius plenum vigores et promotionem humana et cristiana in tuto collocet”.
La Iglesia, consciente del propio e irrenunciable deber de promover y defender el proyecto divino del sacramento conyugal, proclama sin descanso ese consilium Dei de matrimonio et familia [proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia] que puede y debe ser reconocido siempre como un don de Dios a la Humanidad. Anunciar este designio divino en su plenitud y autenticidad abre el camino a una verdadera promoción humana y cristiana.
3. Se habla aquí del consilium Dei, del proyecto de Dios, que se revela plenamente en Jesucristo, el Verbo Encarnado, muerto y resucitado. No se trata entonces del consilium hominis, del proyecto del hombre que no pocas veces dista del proyecto divino.
En verdad, sólo en el consilium Dei, en el proyecto de Dios revelado en Jesucristo, el hombre y la mujer que se casan conocen la verdad íntegra de su amor conyugal y sólo en Cristo su libertad es liberada en vista del cumplimiento de tal verdad.
Asistimos hoy al intento de sustituir de una manera tan a menudo taimada el proyecto cristiano de la familia por otros proyectos justificándolos con motivaciones humanas e instancias morales siempre más imprecisas en sus contenidos. Vuestro Instituto debe ser consciente de esto a fin de llegar a ser un lugar de una profunda reflexión teológica, filosófica, científica sobre la misión de evangelizar a la persona humana, en particular al hombre y a la mujer en la comunidad familiar.
Que sea siempre Jesucristo en centro y la luz de vuestras investigaciones, porque en Él se reconoce la verdad íntegra y la plenitud de la voluntad divina, mientras por Él y en Él todo hombre descubre el camino que conduce al verdadero bien y a la auténtica libertad.
4. Teniendo en cuenta el contexto social y cultural de hoy en día, el Instituto debe continuar manteniéndose fiel a la configuración recibida en sus inicios.
Cualquier actualización estará en línea con su misión eclesial tan principal y con espíritu de servicio al hombre. Para responder a su vocación en estos diez años el Instituto ha comenzado a difundirse de diversas maneras también fuera de Roma.
Agradecemos este desarrollo ante todo al Señor y, después, a cuantos lo han hecho posible en concreto. En primer lugar quisiera recordar a los Caballeros de Colón, siempre generosamente dispuestos a salir al encuentro de tantas necesidades de la Iglesia. Se debe a ellos la creación de una Sección del Instituto en los Estados Unidos de América que está representada por su Decano el doctor Carl Anderson y del Asistente Ejecutivo Monseñor Lorenzo Albacete. Deseo de corazón que el desarrollo de vuestra Institución continúe y que se haga presente en otras partes del mundo.
5. Hace diez años confiamos vuestra obra a la celeste Madre de Dios a la Virgen de Fátima. Agradecidos de su continua asistencia renovamos hoy esta entrega de vuestro empeño académico y apostólico. ¡Que continúe siempre velando benigna vuestro trabajo! A Ella imploramos el don de la Luz y la sabiduría evangélica para penetrar en el Misterio de Dios. A Ella, Virgen Madre del Redentor, encomendamos toda vuestra actividad de investigación teológica, social y científica. A Ella confiamos también las fatigas y las expectativas, las preocupaciones y las esperanzas de toda familia.
Juan
Pablo II Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los
participantes en la I Semana Internacional de estudio del Pontificio Instituto
Juan Pablo II para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia
27 de agosto de 1999
¡Venerables hermanos en el episcopado, distinguidos señores y señoras, queridísimos hermanos y hermanas!
1. Con gran alegría os doy hoy la bienvenida a todos los que participáis en la Semana internacional de estudio, organizada por el Pontificio Instituto para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia. Saludo, en primer lugar, a Monseñor Angelo Scola, rector magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense y Presidente del Instituto, a la vez que le agradezco las palabras que me ha dirigido al inicio de este encuentro. Asimismo, saludo a Monseñor Carlo Caffarra, arzobispo de Ferrara, su predecesor, al Cardenal Vicario Camillo Ruini y al Cardenal Alfonso López Trujillo, Presidente del Pontificio Consejo para la Familia, a los prelados presentes, a los ilustres profesores, que me han expuesto algunas interesantes consideraciones, y a todos los que, de diversas maneras, contribuyen al éxito de este congreso. Os saludo a todos vosotros, queridos miembros de los claustros de profesores de las diversas sedes del Instituto, que os habéis reunido aquí en Roma para llevar a cabo una reflexión orgánica sobre el fundamento del designio divino sobre el matrimonio y la familia. Gracias por vuestro compromiso y por el servicio que prestáis a la Iglesia.
2. Desde que nació, hace dieciocho años, el Instituto para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia ha promovido la profundización del designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia, conjugando la reflexión teológica, filosófica y científica, con una atención constante a la cura animarum. Esta relación entre pensamiento y vida, entre teología y pastoral, es realmente decisiva. A la luz de mi propia experiencia, no me resulta difícil reconocer lo mucho que el trabajo realizado con los jóvenes en la pastoral universitaria de Cracovia me ha ayudado en la meditación sobre aspectos fundamentales de la vida cristiana. La convivencia diaria con los jóvenes, la posibilidad de acompañarlos en sus alegrías y en sus esfuerzos, y su deseo de vivir plenamente la vocación a la que el Señor los llamaba, me ayudaron a comprender cada vez más profundamente la verdad según la cual el hombre crece y madura en el amor, es decir, en el don de sí, y que es precisamente en ese donarse donde recibe a cambio la posibilidad de su propia plenitud. Este principio tiene una de sus expresiones más elevadas en el matrimonio, que “es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas” (Humanae vitae, 8).
3. Vuestro Instituto, guiado por esta inspiración de una profunda unidad entre la verdad anunciada por la Iglesia y las opciones y experiencias concretas de vida, ha prestado durante estos años un laudable servicio. Con las Secciones presentes en Roma, dentro de la Pontificia Universidad Lateranense, en Washington, en la ciudad de México y en Valencia (España), con los centros académicos de Cotonou (Benín), Salvador de Bahía (Brasil) y Changanacherry (India), cuyo íter de incorporación al Instituto ya ha comenzado, y con la próxima apertura del centro de Melbourne (Australia), el Instituto podrá contar con sedes propias en los cinco continentes. Es un desarrollo del que queremos dar gracias al Señor, a la vez que expresamos nuestra debida gratitud a todos los que han dado y siguen dando su contribución a la realización de esta obra.
4. Quisiera ahora, junto con vosotros, proyectar la
mirada hacia el futuro, partiendo de una atenta consideración de
las urgencias que, en este campo, se presentan hoy a la misión
de la Iglesia y, por consiguiente, también a vuestro mismo Instituto.
Con respecto a hace dieciocho años, cuando comenzó vuestro
camino académico, el desafío planteado por la mentalidad
secularista a la verdad sobre la persona, el matrimonio y la familia se
ha vuelto, en cierto sentido, aún más radical. Ya no se
trata solamente de una puesta en discusión de algunas normas morales
de ética sexual y familiar. A la imagen de hombre y mujer, propia
de la razón natural, y particularmente del cristianismo, se opone
una antropología alternativa que rechaza el dato, inscrito en la
corporeidad, según el cual la diferencia sexual posee un carácter
identificador para la persona. En consecuencia, entra en crisis el concepto
de familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una
mujer como la célula natural y fundamental de la sociedad. La paternidad
y la maternidad se conciben sólo como un proyecto privado, realizable
incluso mediante la aplicación de técnicas biomédicas
que pueden prescindir del ejercicio de la sexualidad conyugal. De ese
modo, se postula la inaceptable “división entre libertad
y naturaleza”, que por el contrario “están armónicamente
unidas entre sí y se compenetran profundamente” (Veritatis
splendor, 50).
En realidad, la connotación sexual de la corporeidad forma parte integrante del plan divino originario, en el que el hombre y la mujer han sido creados a imagen y semejanza de Dios (cfr. Gn 1,27) y están llamados a realizar una comunión de personas, fiel y libre, indisoluble y fecunda, como reflejo de la riqueza del amor trinitario (cfr. Col 1,15-16).
Además, la paternidad y la maternidad, antes que ser un proyecto de la libertad humana, constituyen una dimensión vocacional inscrita en el amor conyugal, y se han de vivir como responsabilidad singular frente a Dios, acogiendo los hijos como un don suyo (cfr. Gn 4, l), en la adoración de la paternidad divina, “de la que toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra” (Ef 3,15).
Eliminar la mediación corporal del acto conyugal, como lugar donde puede originarse una nueva vida humana, significa al mismo tiempo degradar la procreación como colaboración con Dios creador a una “reproducción” técnicamente controlada de un ejemplar de una especie y perder, por tanto, la dignidad personal única del hijo (cfr. Donum vitae, II, B/5). En efecto, sólo cuando se respetan íntegramente las características esenciales del acto conyugal, en cuanto don personal de los cónyuges, a la vez corporal y espiritual, se respeta también, al mismo tiempo, la persona del hijo y se manifiesta que tiene su origen en Dios, fuente de todo don.
En cambio, cuando se trata el propio cuerpo, la diferencia
sexual inscrita en él e incluso sus facultades procreadoras, como
puros datos biológicos inferiores, susceptibles de manipulación,
se acaba por negar el límite y la vocación presentes en
la corporeidad y se manifiesta así una presunción que, más
allá de las intenciones subjetivas, expresa el desconocimiento
del propio ser como don procedente de Dios. A la luz de estos problemas
de tanta actualidad, aún con más convicción reafirmo
lo que enseñé en la exhortación apostólica
Familiaris consortio: “El futuro de la humanidad se fragua
en la familia” (n. 86).
5. Frente a estos desafíos, la Iglesia no tiene otro camino que
volver la mirada a Cristo, Redentor del hombre, plenitud de la revelación.
Como tuve oportunidad de afirmar en la encíclica Fides et ratio,
“la Revelación cristiana es la verdadera estrella que orienta
al hombre que avanza entre los condicionamientos de la mentalidad inmanentista
y las estrecheces de una lógica tecnocrática” (n.
15). Esta orientación se nos ofrece precisamente a través
de la revelación del fundamento de la realidad, es decir, del Padre
que la creó y la mantiene, en todo instante, en el ser.
Profundizar ulteriormente el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia, es la tarea que debéis realizar con renovado empeño al inicio del tercer milenio.
Quisiera sugerir aquí algunas perspectivas para esta profundización. La primera atañe al fundamento en sentido estricto, es decir, al misterio de la Santísima Trinidad, el manantialmismo del ser y, por tanto, el eje último de la antropología. A la luz del misterio de la Trinidad, la diferencia sexual revela su naturaleza plena de signo expresivo de toda la persona.
La segunda perspectiva que quiero someter a vuestro estudio concierne a la vocación del hombre y la mujer a la comunión. También esa vocación hunde sus raíces en el misterio trinitario, se nos revela plenamente en la encarnación del Hijo de Dios en la que las naturalezas humana y divina se unen en la persona del Verbo; y se inserta históricamente en el dinamismo sacramental de la economía cristiana. En efecto, el misterio nupcial de Cristo, Esposo de la Iglesia, se expresa de modo singular a través del matrimonio sacramental, comunidad fecunda de vida y amor.
De este modo, la teología del matrimonio y de la familia, y es éste el tercer aspecto que deseo ofreceros, se inserta en la contemplación del misterio de Dios uno y trino, que invita a todos los hombres a las bodas del Cordero realizadas en la Pascua y perennemente ofrecidas a la libertad humana en la realidad sacramental de la Iglesia.
Además, la reflexión sobre la persona, el matrimonio y la familia se profundiza dedicando una atención especial a la relación persona-sociedad. La respuesta cristiana al fracaso de la antropología individualista y colectivista exige un personalismo ontológico arraigado en el análisis de las relaciones familiares primarias. Racionalidad y relacionalidad de la persona humana, unidad y diferencia en la comunión y las polaridades constitutivas de hombre-mujer, espíritu-cuerpo e individuo-comunidad, son dimensiones co-esenciales e inseparables. Así, la reflexión sobre la persona, el matrimonio y la familia puede integrarse, en último término, en la Doctrina Social de la Iglesia, y acaba por convertirse en una de sus raíces más sólidas.
6. Estas y otras perspectivas para el trabajo futuro del Instituto deberán ser desarrolladas según la doble dimensión de método que se desprende también de este encuentro.
Por una parte, es imprescindible partir de la unidad del designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia. Sólo este punto de partida unitario permite que la enseñanza ofrecida en el Instituto no sea una simple yuxtaposición de lo que la teología, la filosofía y las ciencias humanas nos dicen sobre estos temas. De la revelación cristiana brota una antropología adecuada y una visión sacramental del matrimonio y de la familia, que permite realizar un diálogo y una interacción con los resultados de la investigación propios de la razón filosófica y de las ciencias humanas. Esta unidad originaria está también en la raíz del trabajo común entre profesores de diversas materias y hace posibles una investigación y una enseñanza interdisciplinares que tienen como objeto el “unum” de la persona, del matrimonio y de la familia profundizado, desde puntos de vista diversos y complementarios, con metodologías específicas.
Por otra parte, es preciso subrayar la importancia de
las tres áreas temáticas sobre las que se organizan concretamente
todos los “curricula” de estudios propuestos en el
Instituto. Esas tres áreas son necesarias para la integridad y
la coherencia de vuestro trabajo de investigación, enseñanza
y estudio. En efecto, ¿cómo prescindir de la consideración
del “fenómeno humano” tal como lo proponen las diversas
ciencias? ¿Cómo renunciar al estudio de la libertad, eje
de toda antropología y puerta de acceso a las preguntas ontológicas
originarias? ¿Cómo prescindir de una teología en
la que la naturaleza, la libertad y la gracia se vean en unidad articulada,
a la luz del misterio de Cristo? Aquí se halla el punto de síntesis
de todo vuestro trabajo, ya que “realmente, el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (Gaudium
et spes, 22).
7. La novedad del Pontificio Instituto para los Estudios sobre el
Matrimonio y la Familia no sólo está vinculada al contenido
y al método de la investigación, sino que se expresa también
a través de su específica configuración jurídico-institucional.
El Instituto constituye, en cierto sentido, un “unicum”
en el marco de las instituciones académicas eclesiásticas.
En efecto, es uno (con un único Gran Canciller y un único
Presidente) y, al mismo tiempo, se articula en diversos continentes a
través de la figura jurídica de la sección.
Así nos encontramos ante una traducción jurídico-institucional del normal dinamismo de comunión que fluye entre la Iglesia universal y las Iglesias particulares. De este modo, el Instituto vive, ejemplarmente, la doble dimensión romana y universal que caracteriza a las instituciones universitarias de la Urbe y, de modo particular, a la Pontificia Universidad Lateranense, en la que se encuentra la sección central, y que el artículo 1 de los Estatutos define como “la Universidad del Sumo Pontífice con un título especial.”
Contemplando el Instituto y su historia, ¡se ve qué fecundo ha sido el principio de la unidad en la pluriformidad! Además, no se concreta sólo en una unidad de orientación doctrinal que da eficacia a la investigación y a la enseñanza, sino que se expresa, sobre todo, en la comunión efectiva entre los profesores, los estudiantes y el personal del mismo. Y esa comunión se da tanto dentro de cada una de las secciones como en el intercambio recíproco entre ellas, a pesar de su diversidad. De ese modo, contribuís al enriquecimiento de la vida de las Iglesias y, en último análisis, de la misma Iglesia Catholica.
8. Para que los hombres pudieran participar, como miembros de la Iglesia, de su misma vida, el Hijo de Dios quiso convertirse en miembro de una familia humana. Por esta razón, la Sagrada Familia de Nazaret, como “Iglesia doméstica originaria” (Redemptoris custos, 7), constituye una guía privilegiada para el trabajo del Instituto. Muestra claramente la inserción de la familia en la misión del Verbo encarnado y redentor, e ilumina la misión misma de la Iglesia.
Que María, Virgen, Esposa y Madre, proteja a los profesores, a los estudiantes y al personal de vuestro Instituto. Ella acompañe y sostenga vuestra reflexión y vuestro trabajo, para que la Iglesia de Dios encuentre en vosotros una ayuda asidua y valiosa en su misión de anunciar a todos los hombres la verdad de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia.
Juan
Pablo II Discurso del Santo Padre Juan Pablo II a los
profesores y estudiantes del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los
Estudios sobre el Matrimonio y la Familia
31 de mayo de 2001
¡Señores Cardenales, venerables hermanos en el episcopado, queridísimos hermanos y hermanas!
1. Estoy muy contento de celebrar junto con vosotros profesores, estudiantes y personal encargado, el vigésimo aniversario de la fundación de vuestro, o mejor, de “nuestro” Instituto para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia. Gracias por vuestra amable presencia. Os saludo a todos con afecto, reservo un pensamiento particular hacia el Cardenal Gran Canciller Camilo Ruini, hacia el Presidente del Consejo Superior del Instituto el Cardenal Alfonso López Trujillo, y hacia Mons. Caffarra, Arzobispo de Ferrara, el que comenzó el Instituto. Saludo también a Mons. Angelo Scola, Presidente del Instituto, a los profesores y los alumnos, el personal y todos los que con diverso título cooperan a la actividad benemérita del Centro académico.
Este recorrido es un signo elocuente de la solicitud de la Iglesia hacia el matrimonio y la familia que constituyen uno de los bienes más preciosos de la humanidad, como ya dije en la Exhortación apostólica Familiaris consortio, de la cual también se celebra este año el vigésimo aniversario de su publicación (cfr. n. 1).
Desde el momento en que estáis presentes mediante secciones en todos los continentes, se ha mostrado la fecundidad de la intuición originaria que dio ánimo al Instituto por el contacto con las nuevas situaciones y con los desafíos siempre más radicales del tiempo presente.
2. Deseo hoy desarrollar la temática ya tratada
en circunstancias precedentes y llamar vuestra atención sobre la
exigencia de elaborar una antropología adecuada
que busca comprender e interpretar al hombre en lo que es esencialmente
humano.
El olvido del principio de la creación del hombre como hombre y
mujer representa, en verdad, uno de los elementos mayores de la crisis
y la debilidad de la sociedad contemporánea, con recaídas
preocupantes a nivel del clima cultural, de la sensibilidad moral y del
contexto jurídico. Donde se ha perdido el principio, se
oscurece la percepción de la dignidad singular de la persona
humanay se abre el camino a una amenazante “cultura de muerte”.
Sin embargo, la experiencia del amor rectamente comprendido permanece como una puerta de acceso, siempre a nivel universal, a través de la cual todo hombre está llamado a tomar conciencia de los elementos constitutivos de la propia humanidad: razón, afecto, libertad. Desde el interior de la pregunta insuprimible sobre el significado de su persona, sobre todo viniendo del principio de su ser creado a la imagen de Dios, hombre y mujer, el creyente puede reconocer el misterio del Rostro trinitario de Dios, que lo crea poniendo en él el sello de su realidad de amor y comunión.
3. El Sacramento del matrimonio y la familia que deriva de él, representan el camino eficaz mediante el cual la gracia redentora de Cristo asegura a los hijos de la Iglesia una real participación en la communio trinitaria. El amor esponsal del Resucitado hacia su Iglesia, continuado sacramentalmente en el matrimonio cristiano, alimenta, al mismo tiempo, el don de la virginidad por el Reino. Ésta, a su vez, indica el destino último del mismo amor conyugal.
De este modo, el misterio nupcial nos ayuda a descubrir que la Iglesia misma es “familia de Dios”. Por esto el Instituto, al profundizar la naturaleza del sacramento del matrimonio, ofrece elementos para la renovación de la misma eclesiología.
4. Un aspecto particularmente actual y decisivo para el futuro de la familia y de la humanidad consiste en el respeto del hombre a su origen y a los modos de su procreación. Siempre de un modo más insistente se proponen proyectos que ponen el inicio de la vida humana en un contexto ajeno al de la unión esponsal entre el hombre y la mujer. Son proyectos a menudo sostenidos por pretendidas justificaciones médicas y científicas. De hecho, con el pretexto de asegurar una mejor calidad de vida mediante un control genético, o bien para hacer progresar la investigación médica y científica, se proponen experimentos sobre los embriones humanos y métodos para su producción que abren la puerta a instrumentalizaciones y abusos por parte del que se arroga un poder arbitrario y sin límites sobre el ser humano.
La plena verdad sobre el matrimonio y la familia, que
se nos revela en Cristo, es una luz que nos permite captar las dimensiones
constitutivas de lo que es auténticamente humano en la misma procreación
.Como enseña el Concilio Vaticano II, los esposos, unidos por el
vínculo conyugal, están llamados a expresar, mediante los
actos honestos y dignos propios del matrimonio (Gaudium et spes, 49),
su mutua donación y a acoger con responsabilidad y gratitud
a los hijos, “don preciosísimo del matrimonio” (ibid,
50). Así llegan a ser, precisamente en su don corporal, colaboradores
del amor de Dios Creador. Participando en el don de la vida y del amor,
reciben la capacidad de corresponderse y, a su vez, de transmitirlo.
El contexto del amor esponsal y de la mediación corpórea
del acto conyugal, son así el único lugar en el que puede
ser plenamente reconocido y respetado el valor singular del nuevo ser
humano, llamado a la vida. De hecho, el hombre no es reductible a sus
componentes genéticos y biológicos, que participan de su
dignidad personal. Todo hombre que viene al mundo siempre está
llamado por el Padre a participar en Cristo, por el Espíritu, a
la plenitud de la vida en Dios. Desde el misterioso instante de su concepción,
por lo tanto, debe ser acogido y tratado como persona, creada a imagen
y semejanza del mismo Dios (cfe. Gn 1,26).
5. Otra dimensión de los retos que piden una respuesta adecuada a la investigación y a la actividad del Instituto es la de la naturaleza socio-cultural y jurídica.
En algunos países, unas legislaciones permisivas, fundadas en concepciones parciales y erróneas de la libertad, han favorecido, en el curso de los últimos años, presuntos modelos alternativos de familia, no fundada más sobre el compromiso irrevocable de un hombre y una mujer a formar una “comunidad total de vida”. Los derechos específicos reconocidos hasta ahora a la familia, cédula primordial de la sociedad, se han extendido a otras formas de asociación, uniones de hecho, pactos civiles de solidaridad, pensados en referencia a intereses individuales, a reivindicaciones dirigidas a sancionar jurídicamente elecciones indebidas que se presentan como conquistas de la libertad. ¿Quién no se percata de que la promoción artificial de tales modelos jurídico-institucionales tiende siempre a disolver el derecho originario de la familia a ser reconocida como un sujeto social a título pleno?
Quisiera reafirmar con fuerza que la institución familiar, apta para capacitar al hombre a adquirir de modo adecuado el sentido de la propia identidad que ofrece contextualmente un cuadro conforme a la dignidad natural y a la vocación de la persona humana. Los vínculos familiares son el primer lugar de preparación a las formas sociales de solidaridad. El Instituto, al promover en el respeto de su naturaleza académica una “cultura de la familia”, contribuye a desarrollar aquella “cultura de la vida” que he proclamado en otras ocasiones.
6. Hace veinte años en la Familiaris consortio afirmé que “el futuro de la humanidad pasa a través de la familia” (n. 86). Lo repito hoy con una profunda convicción y con una mayor preocupación. Lo repito también con plena seguridad, os confío a vosotros y a vuestro trabajo, a la Virgen de Fátima, que en estos años ha sido la Patrona, dulce y fuerte, del Instituto. A Ella, Reina de la familia, confío todos vuestros proyectos y el camino que os espera en los albores de este tercer milenio.
Discurso del Santo Padre Benedicto XVI con ocasión
del XXV aniversario de la fundación del Ponficio Instituto Juan
Pablo II para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia
11 de mayo de 2006
¡Señores Cardenales, venerados hermanos en el Episcopado y en el Sacerdocio, queridos hermanos y hermanas!
Con gran alegría me reúno con vosotros
en este 25 aniversario de la fundación, en la Pontifica Universidad
Lateranense, del Pontificio Instituto Juan Pablo II para los estudios
del matrimonio y la familia. Os saludo a todos con afecto y os agradezco
el gran afecto que he encontrado. Agradezco de corazón a Mons.
Livio Melina por sus amables palabras y por el hecho de haberlas abreviado.
Podremos leer lo que quería decir, mientras que así queda
más tiempo para el afecto.
Los inicios de vuestro Instituto está unidos a un acontecimiento
muy especial, precisamente el 13 de Mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro,
mi amado Predecesor Juan Pablo II sufrió el conocido atentado tan
grave durante la Audiencia en la que debía haber anunciado la creación
de vuestro Instituto. Este hecho cobra un especial relieve en esta conmemoración
que celebramos a poco más de un año de su muerte. Lo habéis
querido resaltar mediante la oportuna iniciativa de un congreso sobre
“L’eredità di Giovanni Paolo II sul Matrimonio
e la Famiglia: amare l’amore umano”. Con justicia vosotros
sentís esta herencia vuestra a título del todo especial,
sois en verdad los destinatarios y continuadores de la visión que
constituyó uno de los centros principales de su misión y
de sus reflexiones: el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia.
Se trata de un legado que no es simplemente un conjunto de doctrinas o
de ideas, sino ante todo una enseñanza con una luminosa unidad
sobre el sentido del amor humano y de la vida. La presencia de tan numerosas
familias en esta audiencia –por tanto no solo de os estudiantes
actuales o del pasado, sino sobre todo los del futuro- es un testimonio
especialmente elocuente de cómo la enseñanza de tal verdad
ha sido recibido y ha dado sus frutos.
La idea de “enseñar a amar” ya acompañó al joven sacerdote Karol Wojtyla y, posteriormente, entusiasmó al joven obispo cuando afrontó los difíciles tiempos que siguieron a la publicación de la profética y siempre actual encíclica de mi predecesor Pablo VI, la Humanae vitae. Fue en esta circunstancia cuando comprendió la necesidad de afrontar un estudio sistemático de este tema. Esto constituyó el sustrato de la enseñanza que después ofreció a toda la Iglesia en sus inolvidables Catequesis sobre el amor humano. Con ello se destacaban dos elementos fundamentales que en estos años habéis querido profundizar y que configuran la novedad de vuestro Instituto como realidad académica con una misión específica dentro de la Iglesia.
El primer elemento es que el matrimonio y la familia están enraizados en el núcleo más íntimo de la verdad del hombre y su destino. La Sagrada Escritura revela que la vocación al amor forma parte de la auténtica imagen de Dios que el Creador ha querido imprimir en su criatura, llamándolo a ser más semejante a Él precisamente en la medida en que abierto al amor. La diferencia sexual que muestra el cuerpo del hombre y la mujer no es entonces un simple dato biológico, sino que contiene un significado mucho más profundo: expresa la forma del amor con el que el hombre y la mujer –como dice la Sagrada Escritura- se hacen una sola carne y pueden realizar una auténtica comunión de personas abierta a la transmisión de la vida y cooperan así con Dios a la generación de nuevos seres humanos. Un segundo elemento caracteriza la novedad de la propuesta de Juan Pablo II sobre el amor humano; su modo original de leer el plan de Dios precisamente en la confluencia de la revelación divina con la experiencia humana. De este modo, el matrimonio y la familia constituyen una realidad anclada en el mismo misterio del hombre que sólo puede comprenderse con claridad en el misterio de Dios. En Cristo plenitud de la revelación del amor del Padre, se manifiesta también la verdad plena de la vocación del hombre al amor, pues el hombre sólo puede encontrarse a sí mismo en el don sincero de sí.
En mi reciente Encíclica he querido insistir cómo mediante el amor se ilumina: “la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino” (Deus caritas est, 1). En otras palabras, Dios se ha servido del camino del amor para revelar el misterio íntimo de su vida trinitaria. Además, la estrecha relación que existe entre la imagen de Dios Amor y el amor humano nos permite entender que: “a la imagen del Dios monoteísta corresponde el matrimonio monógamo. El matrimonio basado en un amor exclusivo y definitivo se convierte en el icono de la relación de Dios con su pueblo y, viceversa, el modo de amar de Dios se convierte en la medida del amor humano.” (Deus caritas est, 11). Esta indicación está todavía en gran medida por explorar. Así se perfila la tarea que tiene el Instituto para los Estudios del Matrimonio y la Familia en el conjunto de las estructuras académicas: iluminar la verdad del amor como un camino de plenitud en toda forma de existencia humana. El gran desafío de la nueva evangelización que Juan Pablo II ha propuesto con un impulso tan grande tiene necesidad de ser sostenido con una reflexión verdaderamente profunda sobre el amor humano, en cuanto es precisamente este amor un camino privilegiado que Dios ha elegido para revelarse a sí mismo al hombre y en este amor lo llama a una comunión en la vida trinitaria. Este planteamiento nos permite superar una concepción privada del amor tan difundida hoy. El amor auténtico se convierte en una luz que guía toda la vida hacia su plenitud generando una sociedad habitable para el hombre. La comunión de vida y amor que es el matrimonio se configura como un auténtico bien para la sociedad. Evitar la confusión con los otros tipos de unión basados en un amor débil se presenta hoy con una especial urgencia. Sólo la roca del amor total e irrevocable entre un hombre y una mujer es capaz de fundar la construcción de una sociedad que llegue a ser una casa para todos los hombres.
La importancia que reviste la labor de vuestro Instituto en la misión de la Iglesia explica su configuración propia: en verdad, Juan Pablo II aprobó un único Instituto en distintas sedes repartidas por los cinco continentes, con el fin de ofrecer una reflexión que muestre la riqueza de la única verdad en la pluralidad de las culturas. Esta unidad de visión en la investigación y en la enseñanza, incluso en la diversidad de lugares y sensibilidades, representa un valor que debéis custodiar, desarrollando las riquezas enraizadas en cada cultura. Esta característica del Instituto se ha revelado particularmente adecuada al estudio de una realidad como la del matrimonio y la familia. Vuestra labor puede manifestar de qué modo el don de la creación vivido en las diferentes culturas ha sido elevado a la gracia de la redención por Cristo.
Para
poder realizar bien vuestra misión como herederos fieles del Fundador
del Instituto, el amado Juan Pablo II, os invito a mirar a María
Santísima, la Madre del Amor Hermoso. El amor redentor del Verbo
encarnado debe convertirse para cada matrimonio y en cada familia en “una
fuente de agua viva en medio de un mundo sediento” (Deus caritas
est, 42). A todos vosotros, queridísimos profesores, estudiantes
de ayer y hoy, personal asignado, como también a las familias que
forman parte de vuestro Instituto, va mi deseo más cordial que
acompaño con una especial Bendición Apostólica.
Pasados veinticinco años de su fundación ha llegado el momento de presentar de forma sintética y programática las grandes líneas que orientan la investigación y la enseñanza y que, por tanto, constituyen la identidad académica del Pontificio Instituto Juan Pablo II. Estas líneas han llegado a ser un patrimonio vivido más conscientemente tras la Semana Internacional de Estudio que tuvo lugar en Roma en agosto de 1999 y especialmente durante la celebración del Congreso Internacional “Amare l’amore umano. L’eredità di Giovanni Paolo II sul matrimonio e la famiglia” en ocasión del XXV aniversario de su fundación en mayo del 2006. Se trata ahora, a partir de esta base, de dar un paso ulterior, más allá de la presentación de las distintas contribuciones individuales, tomar de modo sintético las perspectivas de investigación y de enseñanza.
Las circunstancias históricas han hecho particularmente
necesario este trabajo. Hoy nos encontramos con la concurrencia de tendencias
contrapuestas, casi una ambivalencia dentro del momento histórico
en el que estamos llamados a desarrollar nuestra misión.
Por un lado, la gran sensibilidad del hombre contemporáneo para
el valor de la persona y la autenticidad de las relaciones interpersonales
ha conducido a subrayar el amor como fundamento del matrimonio y de la
familia. Tal reivindicación ha tenido una expresión autorizada
en el Concilio Vaticano II que ha hablado del matrimonio como de una “comunión
de vida y amor” (Gaudium et spes 48). Por otro lado, sin
embargo, es del todo pertinente el juicio por el que “a la imagen
de hombre-mujer propia de la razón natural y en particular del
cristianismo, se le opone una antropología alternativa”.
Nos encontramos no simplemente frente a una contestación de las
normas éticas que califican el plan de Dios sobre el amor humano,
sino a una especie de “mutación antropológica”
tan radical que configura una tendencia a la abolición de lo humanum.
La contraposición sistemática entre libertad y naturaleza
comporta la negación del carácter identificador de la diferencia
sexual inscrita en la corporeidad, la confusión de la vocación
originaria al amor como communio personarum, la pérdida
del valor auténtico de la paternidad y maternidad. El olvido del
ser, de la creación y del hombre como imago Dei son dimensiones
de una crisis de naturaleza epocal que mina los fundamentos no sólo
de la civilización cristiana, sino de la misma cultura humana.
Además, la actual fase de desarrollo que vivimos dentro del Instituto
es un estímulo para una reflexión que, consciente de la
herencia recibida, la proyecte programáticamente hacia el futuro,
especialmente por la aclaración de los contenidos propios de su
enseñanza. Este escrito no pretende ser exhaustivo, sino más
bien ofrecer pistas para profundizar y orientar el estudio de los profesores,
doctorandos y licenciandos, puntos abiertos para una posterior determinación
que necesitan una discusión interdisciplinar y pluricultural como
corresponde al método adoptado por el Instituto desde su principio.
Tales perspectivas se han de ver y valorar entonces
como un marco de referencia para el profesorado y como los contenidos
básicos que se han de transmitir a todos los alumnos en sus distintos
niveles y circunstancias. Sin esta referencia, la enseñanza del
Instituto acabaría siendo formal y fragmentaria, que no favorecería
la transmisión de la inspiración originaria que el Instituto
ha recibido de Juan Pablo II, la misión específica de profundizar
y dar a conocer el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia.
Además, se ha de percibir la integridad de lo que se anuncia no
sólo en el contenido de las tesis que se proponen sino también
en la relación que une unas con otras. Las pistas que se proponen
se distinguen por los campos epistemológicos fundamentales de la
enseñanza del Instituto: filosofía, antropología
teológica y sacramentaria, teología moral y ciencias humanas,
pero sin que esta distinción comporte una separación de
saberes. Se ha de mantener la perspectiva de la unidad en la diferencia
(“distinguir en lo unido”) y el método de la inseparabilidad
sin confusión.
I.
Perspectiva general y principio sintético
El fin último de la investigación del instituto que identifica, por tanto, el objeto específico capaz de dar unidad a toda la enseñanza es la profundización del plan divino sobre el matrimonio y la familia. La comprensión de este plan tiene como primera pista de investigación las catequesis sobre el amor humano de Juan Pablo II recogidas en Hombre y mujer lo creó. Es el punto fontal y fundamental de referencia que debe permanecer constante en el Instituto. A continuación se destacan los puntos focales que nos ofrecen estas catequesis.
1) Su primera aportación es la perspectiva unitaria de comprensión del designio de Dios ofrecida por el nexo entre la revelación divina y la experiencia humana. La Palabra de Dios ilumina las dimensiones esenciales de las experiencias originarias del hombre, en las cuales el hombre se descubre a sí mismo como persona y le ofrecen un nuevo horizonte de sentido. En esto consiste la remisión al “principio” en el que se funda la unidad entre la creación en Cristo y la experiencia del corazón por la redención realizada por Cristo.
Con ello se supera el extrinsecismo de considerar el
matrimonio una realidad comprensible por sí misma por la naturaleza
sexuada del hombre, regida por la ley natural, a la cual se le añadiría
una elevación gratuita debida a una decisión ulterior por
parte de Dios. Esta visión conduce a situar la dimensión
sobrenatural del matrimonio como un elemento secundario, en un flagrante
contraste respecto al papel fundamental que goza en la vida ordinaria
de los hombres y las mujeres. Se nos revela cómo una primera raíz
de la crisis moderna del matrimonio y la familia reside en su secularización
obrada en la reforma protestante; se han de promover en consecuencia algunos
estudios de historia del pensamiento para iluminar estas cuestiones.
Esta perspectiva unitaria permite ver la originalidad del matrimonio y
la familia en el plan divino y su papel de punto de referencia permanente
en la vida de todo hombre. Con ello se establece el valor de misterio
inherente a estas realidades que se estructura a partir de las tres dimensiones
originales de la experiencia humana en las que se expresa la articulación
de una unidad en la diferencia: la relación alma – cuerpo,
la distinción hombre – mujer y la que existe entre individuo
y sociedad. Correlativamente a este misterio del ser humano, se ve la
necesidad de emplear una hermenéutica simbólica
que permita comprender tales dimensiones como fuente de significados globales
que ponen en juego a la persona en la totalidad de los factores que la
constituyen.
En la conjunción de ambos términos se puede superar el racionalismo que irremisiblemente conduciría a un reduccionismo inevitable de la experiencia en la consideración del matrimonio y la familia. El punto clave de ello es el lenguaje del cuerpo como expresión de la persona con un valor de signo. Se ha de desarrollar una específica correlación entre la fe y la razón en el ámbito familiar, en el cauce abierto por la Fides et Ratio.
Un campo específico en el que se ha de cuidar este primer elemento de identidad del Instituto es el estudio de la Sagrada Escritura como testimonio de la Revelación, ya sea en lo que corresponde directamente al matrimonio y la familia, como, sobre todo, en lo que se refiere a ser fundamento de la teología que se desarrolla en el Instituto. Se ha de reconocer a los Padres de la Iglesia como maestros y guías de un método teológico que sintetiza las exigencias de la fe y las del mundo cultural que se viven en una unidad sistemática de doctrina y vida espiritual.
La palabra bíblica se dirige universalmente, en el tiempo y el espacio, a toda la humanidad. Debe traducirse constantemente en un lenguaje comprensible a las personas que viven en las diversas partes del mundo, impregnadas por culturas diferentes. La atención a estas culturas es vital para el trabajo que el Instituto quiere desarrollar en beneficio de la Iglesia en las distintas secciones de los cinco continentes. En la perspectiva de la nueva evangelización, la reflexión teológica, permaneciendo fiel a la Sagrada Escritura, a la Tradición y al Magisterio, se pondrá al servicio del encuentro del cristianismo con las distintas culturas y religiones. El principio de unidad en la pluriformidad ha sellado desde el principio la fisonomía propia del Instituto.
2) En segundo lugar, las catequesis de Juan Pablo II permiten captar la unidad intrínseca entre lo que significa la Revelación como comunicación de sí mismo que hace Dios al hombre y la revelación que se da en la experiencia del amor humano. Esta realidad se denomina vocación originaria al amor (Redemptor hominis 10, Familiaris consortio 11) y es uno de los hilos conductores de todo el pensamiento del Instituto: “El amor revela, por una parte, que el corazón del hombre es capaz de infinito y, por otra, que el infinito se comunica al hombre. En este sentido, el amor es una misteriosa arra en el tiempo, una experiencia de lo eterno. A través de la nupcialidad, nosotros percibimos que alguien nos llama y pone en movimiento nuestra libertad. El misterio asume de este modo, el rostro de una presencia real, aunque siempre velada”.
De este modo se ilumina plenamente el carácter de evento de la Revelación divina que tiene su centro en Cristo. Mediante su Encarnación, Él revela a todo hombre su vocación como una llamada del amor del Padre (cfr. Gaudium et spes 22). Mediante el Misterio Pascual, Él también revela el valor singular del amor esponsal como don de sí mismo en su cuerpo para la vida del hombre (cfr. Gaudium et spes 24). No si se trata fundamentalmente de la comunicación de nuevos contenidos cognoscitivos, sino de un evento de amor esponsal, que hace posible la irradiación del amor divino en el amor humano.
3) En tercer lugar, en el centro de la perspectiva abierta por las catequesis sobre el amor humano se sitúa la antropología adecuada, mediante la cual es posible captar en su integridad lo que Dios ha hecho conocer de la verdad del hombre, en referencia a sus experiencias fundamentales, en el marco de la Historia de la salvación. De tal antropología adecuada depende también el modo de articular los distintos saberes científicos que interesan al Instituto.
La perspectiva sintética delineada hasta aquí (I) se ha de expresar en todas sus consecuencias tanto filosóficas (II) como teológicas (III). A una filosofía inspirada cristianamente le corresponde la tarea de fundar una comprensión de la persona como comunión. La teología por su parte debe articular su investigación sobre el significado del amor esponsal según los siguientes pasos: el amor humano entre un hombre y una mujer (III.a: misterio nupcial), su valor sacramental (III.b: sacramentaria del matrimonio) y su misión eclesial (III.c: eclesiología familiar). La antropología adecuada, fundada en la comunicación gratuita de Dios y en la respuesta libre del hombre, sólo se comprenderá íntegramente en su dimensión moral (IV), por medio de la cual el hombre descubre y dirige sus actos a la perfección singular descubierta en el encuentro con Cristo. Esta visión filosófica y teológica abre un horizonte sapiencial, dentro del cual se puede integrar, mediante una epistemología críticamente fundada, los conocimientos sobre el matrimonio y la familia que ofrecen las denominadas ciencias humanas (V), que forman una parte imprescindible de la enseñanza del Instituto.
II.
Una filosofía del matrimonio y la familia: la communio personarum
La “communio personarum”, como elemento radical de comprensión del hombre en sus experiencias originarias, debe representar el centro hermenéutico y referencial de los estudios filosóficos que se lleven a cabo en el Instituto. La imagen divina, presente en todo hombre, “resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unión de las personas divinas entre sí”. Se debe fundar una metafísica abierta a una auténtica ontología trinitaria, es decir, un pensamiento que no ponga nunca entre paréntesis la realidad de Dios que se revela en Cristo, sino que lo reconozca como la luz fundamental para la comprensión filosófica del mundo. Se trata de un tipo específico de “filosofía cristiana”, que permite un diálogo fecundo con la Revelación cristiana.
Para poder llevar a cabo esta tarea es necesario el conocimiento y el cultivo original de diversas corrientes filosóficas, cuya aportación podrá armonizarse en unidad, precisamente en la perspectiva de la “communio”.
La primera gran corriente que debe conocerse es el personalismo. Enél se ha de ver no una mera inspiración que hace de la persona el centro interpretativo de la existencia, sino sobre todo una forma sintética que recoge una tradición de pensamiento y una renovación metafísica de impronta existencial.
De la gran tradición filosófica cristiana se ha de profundizar el valor original que tiene ésta para la transmisión de verdades que se refieren a una globalidad de sentido de lo humanum. No se puede olvidar que estas verdades, para ser conocidas, piden una implicación de la persona en la disponibilidad al intercambio interpersonal.
El valor existencial que aporta el personalismo debe manifestarse en la integración singular entre persona, libertad, comunicación, amor y don de sí. Cada uno de estos elementos tienen un valor existencial indudable, que no puede nunca absolutizarse sin considerar los demás. La unidad entre todos estos factores se sostiene dentro de una auténtica metafísica del amor. En ella, con la base de una especial correlación entre persona, ser y creación, se incluye una recíproca implicación entre persona, amor y comunión.
La metafísica personalista, al fundarse en el descubrimiento del valor existencial de la persona creada, es consciente de una doble diferencia ontológica entre la persona humana y el mundo no personal y, por otra parte, entre el hombre en cuanto criatura y la Trinidad de las Personas en la unidad de Dios. En esta diferencia dinámica, que revela cómo el hombre no se tiene su propio fundamento, se ha de ver el origen de la libertad y su dinamismo. Esta consideración permite constituir una verdadera antropología dramática, porque integra el valor de la libertad humana desde su raíz.
El conocimiento de la persona en el amor se sustenta en su carácter interpersonal, como lo indican la corriente dialógica de tradición hebrea y el pensamiento reflexivo de tradición francesa. Se puede fundar así una concepción no objetivista de la verdad, que reconozca el valor original de la intersubjetividad, pero dentro de una comunicación objetiva.
El estudio de la modalidad en el que la persona se revela en el acto de amor por medio del lenguaje del cuerpo, requiere una aplicación del método fenomenológico, que es insustituible. Es preciso desarrollar una auténtica fenomenología personal, en la que se llegue, por el análisis del amor, al valor metafísico de la persona, fundado en el acto creativo de Dios. En particular se ha de proceder a un análisis de las experiencias humanas básicas: comunicación, fidelidad, pudor, culpa, perdón, pertenencia, don de sí…, para fundar adecuadamente la metafísica del amor en todo su alcance.
En esta perspectiva aparece toda la importancia que contiene la afectividad humana. Su papel es tan decisivo que deber dar lugar a un estudio amplio e interdisciplinar, para poder conocer con mayor profundidad la relación singular y dinámica que se realiza entre lo divino y lo humano, la gracia y la libertad.
Centrada en la diferencia ontológica, esta metafísica personalista se ha de expresar en una reformulación de los transcendentales en especial los denominados transcendentales relativos: verum, bonum, pulchrum. Al reflexionar acerca de las modalidades de su conocimiento, se puede descubrir su valor inherentemente personal, su articulación recíproca según una dinámica conducente a la revelación de la persona y en fin a su trascendencia, que encontrará su última comprensión en el libre don de sí, que es el fundamento de la communio personarum. La persona humana se sitúa así como el verdadero horizonte del mundo, el punto de contacto entre un mundo no personal a dominar, y la trascendencia hacia un Dios a quien venerar. El don de sí, en la dinámica del dar y recibir, incluye el movimiento de trascendencia e inmanencia de abrirse y recuperarse que constituyen elementos básicos de la experiencia moral humana. En tal conocimiento de los trascendentales se ha de profundizar en la analogía como modo especifico de conocimiento, con el que se pueda determinar rigurosamente el valor simbólico de las realidades personales.
A la filosofía le corresponde también la elaboración de una epistemología general de las distintas ciencias que afectan al conocimiento de la familia: psicología, sociología, pedagogía, etnología, medicina, derecho… Debe sentar las bases para la superación de un empirismo excesivo, que se soporta en una previa absolutización de la ciencia particular en cuanto tal, y para permitir en cambio una coordinación de las distintas fuentes de conocimiento que enriquezcan el conocimiento sapiencial del matrimonio y la familia que se busca. Es una tarea todavía por realizar que, por las características específicas del Instituto a nivel de interdisciplinariedad y pluriculturalidad, podría representar una contribución de especial riqueza en el panorama de estudios universitarios, dado lo concreto y vital del objeto de conocimiento confiado al Instituto.
III.
El Designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia: el Misterio
Nupcial
El conocimiento adecuado del designio de Dios sobre el matrimonio y la familia no puede ser sino de orden teológico. La teología sistemática profundizada en la investigación y enseñada en el Instituto se articula en torno a tres núcleos temáticos fundamentales. El primero (a) es: el misterio nupcial, como la realidad que permite alcanzar una antropología “adecuada” al matrimonio y la familia. El segundo (b) es la forma sacramental del misterio nupcial (matrimonio como sacramento). El tercero (c) indica la morada de la nupcialidad, que es la Iglesia, lugar donde se revela el misterio nupcial como el fundamento de la realidad del matrimonio y la familia y el cumplimiento aquí y ahora del deseo de amar y ser amado. Evidentemente, en todo este proceso son las dimensiones del misterio nupcial, propias de la antropología teológica, las que ofrecen las claves para iluminar los otros dos aspectos.
El valor sintético de la noción del misterio
nupcial encuentra su justificación en los siguientes factores.
El carácter nupcial del amor, tal como se ofrece a la investigación
de la realidad del matrimonio y de la familia, es capaz de revelar de
un modo especialmente significativo los trazos de la experiencia humana
elemental.
La experiencia del amor es la que de manera más inmediatamente simple y reconocible propone al hombre la forma ineludiblemente dramática de su existencia corpóreo-espiritual y pone en juego todos sus factores constitutivos: razón, instinto, emoción, afecto, libertad.
La nupcialidad aparece como una analogía privilegiada, aunque no exclusiva que permite tomar lo específico de la Revelación. Ofrece una clave hermenéutica que abraza la entera historia de la salvación desde la creación al cumplimiento escatológico de las bodas del Cordero. En armonía con otras figuras analógicas, ofrece al intellectus fidei una perspectiva dinámica que no debe cosificarse, ni hacerse rígida en un sistema.
Los posibles desarrollos analógicos de tales nociones en orden a la comprensión de los contenidos fundamentales de la Revelación, contribuyen a liberar la teología del matrimonio y de la familia de todo sectorialismo limitador, y a valorizar su situación en el corazón de la experiencia de lo humanum pues la abre a una articulación equilibrada con la totalidad del Misterio revelado.
III.a El misterio nupcial
Se entiende como misterio nupcial: “por una parte, la unidad orgánica
de diferencia sexual, amor (relación objetiva con el otro) y fecundidad
y, por otra, se refiere objetivamente, en virtud del principio de la analogía,
a las diversas formas de amor que caracterizan el hombre-mujer, con todos
sus derivados (paternidad, maternidad, fraternidad...), y la relación
de Dios con el hombre en el sacramento, en la Iglesia, en Jesucristo hasta
llegar a la misma Trinidad.”
La noción de misterio se usa aquí de modo estricto, como conocimiento de la autocomunicación divina al hombre. Su articulación interna se fundamenta en la categoría de imagen de Dios que abraza la totalidad del ser creado del hombre, en las tres polaridades que lo constituyen: cuerpo y alma, varón y mujer, individuo y comunidad. Todas estas características describen el contenido de la imago Dei. En su plan de salvación el Dios Uno y Trino crea este hombre a su imagen, para que pueda libremente realizarse a sí mismo como persona, en la participación a la filiación divina del Hijo, encarnado pro nobis et propter nostram salutem.
I) En la diferencia sexual se encuentra un valor personal específico para el hombre en correlación con su vocación personal, la totalidad de lo humanum. Ésta sólo se encuentra en la unidad dual de la relación entre el hombre y la mujer que se revela como un dato antropológico originario (el “principio” al que hace referencia el Señor en su enseñanza sobre el matrimonio [cfr. Mt 19,4]). La diferencia sexual manifiesta además una reciprocidad asimétrica que indica, por un lado, la identidad fundamental entre el hombre y la mujer (“hueso de mis huesos y carne de mi carne”), y por el otro, el límite de su complementariedad, incapaz en cuanto tal de satisfacer en plenitud el deseo humano. Así la relación entre el hombre y la mujer se descubre llamada a trascenderse, abriéndose a la generación de los hijos (“sed fecundos y multiplicaos”) y, en último término, al amor de un Dios semper maior.
II) El amor es la vocación originaria de todo ser humano que se sustenta en la creación comprendida como un acto de amor trinitario. En el hombre, el amor es siempre respuesta a un amor que le antecede y le llama. Tal dimensión configura todo amor humano orientándolo al don de sí para construir una comunión de personas. El amor es una llamada dirigida a la totalidad de la persona, también en su dimensión corpórea inevitablemente puesta en juego por la diferencia sexual.
III) La dimensión de la fecundidad es el culmen de todo el misterio nupcial, éste no se encierra en la díada (hombre-mujer), sino que se expresa en la novedad de un fruto. La fecundidad natural del amor humano es al mismo tiempo índice de una dimensión intrínseca de toda la realidad creatural, que tiene su origen en una fecundidad increada (relación Padre-Hijo) y es signo de una gratuidad originaria (el Espíritu Santo como don). Gracias a la fecundidad las otras dos dimensiones (la diferencia sexual y el amor) permanecen abiertas a un don divino último, el único que les puede conferir su plenitud. Este aspecto del misterio nupcial encuentra su definitiva iluminación en la donación eucarística de Cristo, que “ha amado la Iglesia y se ha entregado por ella” (Ef 5,25) en la Cruz, en obediente abandono al Padre.
La fecundidad está ligada al hecho de que los esposos llegan a ser una caro, es decir, a la misma corporeidad. Ésta da origen a una nueva relación de unidad (en este caso familiar) en la diferencia (entre los padres y los hijos). Generar es dar la vida y, por tanto, perderla inevitablemente para después recuperarla como un don de Dios. En ella se manifiesta la misteriosa fecundidad del sacrificio de sí mismo (“si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”, Jn 12,24). El valor corporal y personal de la fecundidad humana como pro-creación expresa con una fuerza singular la interrelación entre el plan divino y la respuesta humana; “Pues la paternidad y maternidad, antes de ser un proyecto de la libertad humana, constituyen una dimensión vocacional inscrita en el amor conyugal, para ser vivida como una responsabilidad singular frente a Dios, acogiendo los hijos como un don suyo (cfr. Gn 4,1), en la adoración de esa paternidad divina «de la que toma nombre toda paternidad en el cielo y la tierra» (Ef 3,15).”
La inseparabilidad de los tres elementos antes mencionados es un dato ontológico, anterior a la conciencia del hombre y su obrar. Se trata de tres elementos que, en su unidad, son imprescindibles para que el hombre se comprenda a sí mismo en su genuina identidad personal y pueda así dirigirse libremente hacia su plenitud. La disolución del nexo que las une, como se constata en la cultura contemporánea, conduce a un oscurecimiento de tal identidad personal, con graves consecuencias para la vida individual y social.
La ventaja esencial de esta visión teológica, consiste en ofrecer una comprensión unitaria del plan de Dios. Se abarca en un único arco la Creación y la Redención y se ve al hombre creado en gracia, pecador y redimido, tomando las ondas del evento singular de la Encarnación. “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues, Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación (...) El que es imagen de Dios invisible (Col 1,15) es también el hombre perfecto, que ha devuelto a la descendencia de Adán la semejanza divina, deformada por el primer pecado. En Él, la naturaleza humana, asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, a todo hombre” (Gaudium et spes 22).
III.b Valor sacramental del matrimonio
Con la base antropológica delineada antes, se puede desarrollar
una profunda renovación de la teología sacramentaria del
matrimonio. Se trata ante todo de mostrar cómo el momento sacramental
está ya inscrito en la dinámica misma del amor entre el
hombre y la mujer, dirigido de por sí a la definitividad y la exclusividad
que se realizan concretamente en la celebración sacramental. El
amor divino se expresa en el amor humano de tal modo que le da una nueva
fecundidad en el plan salvífico. En el don sacramental del amor
conyugal entre el hombre y la mujer, Cristo se entrega a la Iglesia, y
asume el amor humano en el amor divino (Gaudium et spes 48).
La investigación teológica está llamada a integrar el matrimonio en el eje sacramental bautismo-eucaristía. Es este un punto fundamental para superar el espiritualismo con el que se plantea tantas veces el sacramento del matrimonio, como si fuese sólo un significado añadido, puesto por la buena voluntad de los contrayentes. La debilidad radical de tal posición consiste en la falta de consideración sacramental del cuerpo, que, en cambio, puede ofrecerse como elemento para una nueva forma de integración, en la medida en que se mantiene como el eje entre el bautismo (encarnación) y la eucaristía (comunión en el cuerpo).
De este modo, se puede evidenciar en todo su alcance la mutua implicación que existe entre la vocación matrimonial en su carácter sacramental y la vocación bautismal. Aquí está en juego el modo de relacionar el amor esponsal al que todo cristiano está llamado, con el amor filial, que recibe como don original en el bautismo y que le introduce en un camino de conversión constante como conformación a Cristo, Hijo del Padre y Esposo de la Iglesia.
El culmen de toda la economía sacramental está en la eucaristía donde la Iglesia se hace una caro con Cristo; aquí se encuentra la máxima expresión del amor esponsal y su realización por medio del don de sí. La profundización del significado eclesial del matrimonio y de la familia permite comprender más plenamente la profundidad del misterio eucarístico. No por nada, la celebración sacramental del matrimonio es un momento constitutivamente eclesial, unido a la dimensión de signo propia de la economía salvífica.
III.c Eclesialidad del matrimonio y la familia
La consideración de la Iglesia como un misterio de comunión
permite una integración adecuada del sacramento del matrimonio
dentro de toda la economía sacramental. La Iglesia en su ser comunión
implica en verdad la unidad en la diferencia entre las personas (los miembros
del único cuerpo, cuya cabeza es Cristo). La analogía esponsal
pone en evidencia la eclesialidad como comunión con Cristo, del
cual el matrimonio es expresión sacramental a través de
su mediación corpórea.
La comunión de la Iglesia, realizada por un don de Dios en el Espíritu Santo, permite a los bautizados a participar todos de una sola fe, un sola esperanza y un único amor, en la misma comunión trinitaria. Se trata de la unión más íntima que se pueda pensar: ser “un solo corazón y una sola alma” (Hch 4,32). Es una comunión entregada como don primero, que precede a cualquier intención humana. Tal comunión originaria se realiza como “iglesia doméstica” y salva al matrimonio y la familia de la dureza del corazón (cfr. Mt 19,8), al abrirlos a una comunión más amplia, y al hacerlos protagonistas del anuncio del evangelio.
La profundización de la dimensión eclesial del matrimonio y la familia permite ver cómo el amor esponsal de Cristo tiene distintas manifestaciones dentro de la Iglesia, como es el amor virginal en sus varias expresiones, y el amor conyugal propio de los esposos. La plenitud del don de Cristo en su amor esponsal no se agota entonces en ninguna de estas dos formas de vida, sino que se manifiesta plenamente en la unidad de las mismas dentro de la Iglesia, que armoniza en sí todos los carismas.
María, la Virgen Madre, une en sí las dos formas vocacionales del amor, puesto que participa de forma única en el amor esponsal de Cristo y manifiesta de modo también único la nueva fecundidad del Espíritu Santo que se expresa en el espacio de la virginidad.
La perspectiva escatológica ilumina
además el significado de la sexualidad y la relación complementaria
entre virginidad y matrimonio. Una auténtica teología del
cuerpo enseña que el significado esponsal del cuerpo es permanente,
mientras su realización matrimonial es temporal. La plenitud del
don de sí y de la comunión se realizará en el fin
de los tiempos: el matrimonio es sólo un signo de tal plenitud,
mientras que la virginidad es su anticipo profético en la figura
de una mortificación.
Con estas premisas, es posible coordinar la teología de la vocación
con la propia de los estados de vida dentro de la Iglesia, de modo que
evite entender de forma intimista la primera, y juridicista la segunda,
y se puede integrar armoniosamente la dimensión irreductiblemente
personal de la respuesta personal con los aspectos institucionales que
ésta comporta.
Por fuerza de su dimensión sacramental, el matrimonio tiene un valor jurídico intrínseco. Los esposos ‘consienten’ a un plan de Dios que se manifiesta en su propia experiencia de amor y provoca su libertad al don de sí recíproco y público y genera una nueva realidad de vida. Por esto, el derecho canónico no puede verse como una normatividad extrínsecamente impuesta al amor, sino más bien como expresión de la exigencia de su misma verdad.
IV.
Una moral de la excelencia en el amor y en el obrar
La antropología bosquejada con anterioridad es del todo fundamental para la teología moral. La libertad y la acción humanas siempre toman forma dentro de la vocación del sujeto moral a la comunión trinitaria y, en la comunión trinitaria, a todas las personas humanas, en una plenitud paradójica que se realiza en el don de sí. Por eso, la orientación fundamental de la persona se configura dentro de la reciprocidad asimétrica entre el hombre y la mujer, en cuya diferencia y unidad, ambas necesarias para hacer posible el amor, son respetadas y preservadas.
La teología moral ha de partir entonces de la experiencia fundamental del encuentro personal. En él se revela al hombre toda la fuerza del amor inscrita en la acción humana. En el amor se reconoce una dinámica interpersonal que se especifica en los distintos ámbitos de comunicación humana, determinados en la historia personal de cada uno. Tal dinámica se realiza según la estructura básica de una presencia fundamental, que se reconoce en un encuentro y conduce a construir una comunión. Estas dimensiones corresponden a las relaciones en las que se articula la construcción de la identidad del hombre en la respuesta a la vocación al amor: reconocerse hijo, para ser esposo y llegar a ser padre.
En esta perspectiva, que toma la unidad dinámica y existencial del amor como experiencia fontal de la moral (in hoc praecipue consistit amor, quod amans amato bonum velit), se puede ver como la pregunta que surge en la experiencia moral es: “¿quién estoy llamado a llegar a ser?” y, por eso: “¿cómo debo vivir para realizar la comunión en el amor?” Partir de la experiencia del amor, permite además articular la presencia de la gracia desde el inicio del itinerario moral, evitar la hipostización de la conciencia y superar la polaridad sujeto-objeto. Existe pues una lógica propia del amor, gracias a la cual en la racionalidad intrínseca del obrar, puede comprenderse una verdad inicial de la acción, que se percibe de modo afectivo. Tal percepción da origen al movimiento de la libertad, que tiende a la construcción de una comunión de personas, como a su fin.
Es necesario asumir la perspectiva de sujeto agente (Veritatis splendor 78), esto es, una perspectiva de la primera persona, para entender el modo de guiar los propios actos hacia la plenitud de vida ya percibida en el encuentro, y hacia el horizonte abierto por el don divino entregado en Cristo. Esto confiere una unidad intencional de la conducta y la finalidad última en la que se determina la felicidad humana. Ésta, por otra parte, no se refiere primariamente a una satisfacción subjetiva, sino a una vida lograda, que el hombre debe configurar personalmente como su propio modo de vivir en plenitud a través de un obrar excelente. Tal felicidad exige una apertura interna al don divino que mueve internamente todos los actos y reclama una respuesta por parte del hombre.
En la línea de la encíclica Veritatis splendor se puede formular una moral en la que la fe se percibe como la elección fundamental de la vida cristiana, que da origen al sujeto moral cristiano. La fe es en verdad la respuesta libre en la que el hombre se abandona internamente a Dios que se revela y se dona. Ésta implica y requiere la conversión de la mente y del corazón, en la que el hombre recibe el amor nuevo de Jesucristo. En esta óptica el nexo entre fe y vida y entre verdad y libertad encuentran un camino de objetiva unidad.
Entre todos los encuentros personales tiene un carácter único el encuentro con Cristo que se realiza en la Iglesia y sus acciones sacramentales (cfr. Deus caritas est 1). La Iglesia es en verdad la contemporaneidad de Cristo con el hombre de todo tiempo (cfr. Veritatis splendor 25). Al encontrarse con Cristo el hombre descubre, en los misterios de su vida y sus acciones, una singular plenitud de la acción humana. En las acciones de Cristo se expresa la comunión originaria de la Trinidad, que se comunica a los hombres como una vida nueva en el seno de la Iglesia. Por eso, toda acción del cristiano surge de un primer don divino que se comunica en Cristo mediante el Espíritu y que se recibe en la Iglesia de modo sacramental. En Cristo se da como gracia su misma comunión de amor con el Padre en forma de amistad (la caridad). Esto incluye la donación de la filiación divina que conforma nuestros actos según la vida de Cristo. En la amistad de la caridad, el hombre descubre un nuevo principio de acción que salva el deseo del hombre transformándolo en esperanza.
La gracia, en su obrar, asume integralmente los dinamismos humanos, y da origen a una acción nueva. El don divino provoca la libertad mediante la presencia activa del Espíritu por medio de sus dones, animando el que se realice la acción. Se comprende así cómo la acción cristiana tiene un valor salvífico, que se articula en sus distintas dimensiones cristológica, pneumatológica, eclesial y sacramental. De este modo, se edifica el sujeto moral cristiano por medio de sus acciones, como respuesta a su vocación.
El gobierno de los propios actos se realiza mediante la integración de todos los dinamismos humanos, en cuanto orientados a la consecución de esa plenitud percibida inicialmente que es el fin del obrar. Para el conocimiento de ese proceso, es necesario profundizar el dinamismo afectivo en correlación con la estructura interna de la acción. Las virtudes especifican y realizan las acciones excelentes que transforman al sujeto agente según un dinamismo de integración progresiva y de trascendencia. El conocimiento moral del bien a realizar depende del crecimiento de las virtudes. Estas no se tienen a sí mismas como fin, sino que miran, mediante la realización de los fines virtuosos que les son propios, la construcción de una comunión de personas. En particular, se reconoce el papel central de la prudencia que es dirigir y especificar el acto verdaderamente excelente. A tal fin, la prudencia cristiana se apoya no sólo en la contribución de las diversas virtudes humanas, sino sobre todo en la obra del Espíritu Santo, que orienta por la luz de la caridad a Cristo como el fin del obrar. Así, la acción del cristiano, mientras da testimonio del Reino presente en el misterio, da fruto en la caridad para la vida del mundo, pues promueve una nueva comunión entre Dios y los hombres.
En esta perspectiva dinámica y constructiva, es posible determinar el valor moral de los “bienes para la persona”, a partir del valor original del “bien de la persona” al que están dirigidos. Se trata de comprender cómo los bienes humanos concretos deben ser queridos y realizados de modo que contribuyan al bien de la persona en cuanto tal. Existe, por tanto, una verdad sobre el bien a partir de la cual se puede precisar el objeto moral como el fin próximo intrínseco de la acción deliberada (Veritatis splendor 78) que es de suma importancia para el establecimiento de normas objetivas del obrar. Se puede entonces reformular la ley natural en términos personalistas, entendiéndola como la luz que permite encontrar las acciones que conducen a la comunión entre las personas. Antes de ser un conjunto de normas, la ley natural es una luz interior de la razón que, por estar fundada en la sabiduría creadora de Dios, está abierta en sí misma a la gracia de Cristo.
Se reconoce la existencia de actos intrínsecamente malos, esto es, acciones intencionales que objetivamente no son ordenables al bien de la persona. La determinación de estos actos por medio de normas negativas (absolutos morales) es parte de la ciencia moral, aunque no constituya su tema principal. Con esta base se comprende también el valor educativo de las normas, que son una ayuda para que se formen las virtudes. Sólo el hombre virtuoso es capaz de percibir y llevar a cabo una acción excelente que construya su vida en plenitud.
A partir de esta estructura general, se puede afrontar adecuadamente las temáticas específicas relativas al matrimonio, la familia y la vida. En concreto, la moral sexual se ha de ver como la reflexión sobre modo de vivir, según las distintas vocaciones eclesiales y la diversas circunstancias, la virtud de la castidad, que es la expresión personal del amor esponsal. Es preciso superar una visión biologicista o fisicista de la sexualidad y evitar el dualismo de algunas tendencias éticas que superponen: una acción entendida como un hecho puramente físico, que implicaría sólo el cuerpo, con una intención espiritual en la cual, en cambio, se realizaría la persona. En verdad es la persona, en su unidad de alma y cuerpo la que es sujeto de los propios actos morales (Veritatis splendor 48). En particular, la castidad conyugal se ve como una dimensión específica de la vocación a la santidad a la que son llamados los esposos. En tal ámbito se pone de relieve el papel del Espíritu Santo en la construcción de la comunión conyugal y familiar: mediante la caridad, el Espíritu Santo configura verdaderamente el amor de los esposos con el amor de Cristo por la Iglesia y anima interiormente la virtud de la castidad.
La enseñanza de la encíclica Humanae Vitae sobre la dignidad personal del acto conyugal y su correspondencia con la doctrina sobre la procreación humana expuesta en la Instrucción Donum Vitae, así como la promoción y defensa de la vida propuestas por la encíclica Evangelium Vitae, no tienen solo un valor en el plano individual e interpersonal, sino que revisten también un significado profético en el plano comunitario. La reflexión ética tiene la tarea de aclarar la dimensión social intrínseca al amor entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio y por eso, la subjetividad de la familia, la cual no puede ser solo un objeto, sino también sujeto de iniciativas públicas en la sociedad. La vida plena que Cristo nos ofrece debe ser también fermento para la vida del mundo.
Sólo a partir de estas premisas se puede delinear una auténtica espiritualidad conyugal que no esté separada del modo concreto de vivir el matrimonio. Concebida así, la espiritualidad integra en sí todos los dinamismos morales y sociales del amor, enraizándolos en el movimiento de la gracia y la acción del Espíritu Santo.
En el cuadro de la vida familiar, en el que se entrelazan las relaciones de paternidad, maternidad, filiación y fraternidad, adquiere una importancia decisiva la virtud de la piedad (en el sentido clásico de pietas), que encuentra su expresión normativa en el cuartomandamiento. Tal virtud, que hace de eje entre la primera y la segunda tabla del Decálogo, realiza socialmente la “alianza entre las generaciones”. Revela, al mismo tiempo, el valor de una autoridad humana, como referencia para un camino de crecimiento moral.
En cuanto a lo que respecta a la bioética, la perspectiva que aquí se sugiere permite una determinación adecuada de su objeto, por lo que se evita el formalismo de una reflexión basada en algunos principios abstractos de los que deducir un juicio normativo para los casos conflictivos. Este es un ámbito en el que todavía es necesario progresar hacia una visión más global y positiva de la vida humana y del cuidado de la misma que se ha confiado al hombre. Si rechaza su disolución en una vaga interdisplinariedad, la bioética será capaz de integrar en la perspectiva de la originalidad del conocimiento moral, la luz que ofrecen sobre la vida humana la revelación, las ciencias humanas y la antropología. El ámbito de las relaciones familiares, dentro de las cuales se custodia y promueve la vida, constituye el contexto adecuado para una comprensión y solución no formal de las cuestiones bioéticas.
Una auténtica pastoral del matrimonio y de la familia debe superar los limites de las concepciones clericales o cientificistas, y debe pensarse apoyándose en la misma familia como su sujeto adecuado, al concebirse no como una actividad sectorial, cuanto sobre todo como una dimensión constitutiva de la acción de la Iglesia, dirigida a comunicar esa “vida en abundancia” que el Buen Pastor le da continuamente.
V.
Las ciencias humanas: un camino de sabiduria sobre lo humanum
El método propio del Instituto y uno de sus servicios específicos en el estudio del matrimonio y la familia consiste en el acercamiento interdisciplinar a las ciencias humanas: psicología, pedagogía, sociología, derecho, biología, medicina, y aún otras. A tal fin se requiere una atenta reflexión epistemológica del estatuto de cada ciencia, para extirpar desde la raíz el universalismocientificista tan difundido en los ámbitos académicos. Además, es necesario superar la división entre naturaleza (determinismo) y libertad (subjetivismo cultural), que ha estado en la base de la distinción entre ciencias de la naturaleza y ciencias del hombre en la época de la Ilustración y del Romanticismo, que vicia con un dualismo radical el conocimiento del hombre.
Es preciso que cada disciplina verifique sus resultados a la luz del saber sobre el hombre que lo asume en su realidad completa, es decir, en su integridad de alma y cuerpo y en su relacionalidad comunitaria (hombre-mujer, individuo-sociedad) captadas en su unidad originaria. Se supera entonces toda concepción que pretenda fundarse sólo en un método meramente empírico y que no parta de una reflexión filosófica acerca del objeto que le es propio, de tal modo que sea consciente de sus fundamentos y sus límites. La luz que ofrece la teología del misterio nupcial a las distintas ciencias puede ayudar a percibir el logos interno no sólo de la existencia humana, sino también, de modo analógico, de todo lo creado. La interdisciplinariedad se vive así como una interrelación intrínseca entre la teología, la filosofía y las ciencias humanas, sin poner en discusión la integridad, ni la relativa autonomía, de cada disciplina. Se ha de evitar una comprensión ecléctica de la interdisciplinariedad, para afrontar sistemáticamente algunos temas concretos en diálogo continuo entre las distintas áreas disciplinares sobre la base de esta conciencia epistemológica.
En el marco de la orientación general aquí delineado, es necesario prestar una atención particular a dos cuestiones cuya importancia ha sido subrayada por Juan Pablo II. La primera se refiere a esa “lógica tecnocrática” que está en la base de muchos debates actuales, en materia de clonación, eutanasia, ingeniería genética y “salud reproductiva”. Juan Pablo II al oponerse con la propuesta de una civilización centrada en el “esplendor de la verdad” sobre el amor, la libertad, el don y la persona, revela que nuestra civilización tecnológica contemporánea muchas veces está “vinculada a un progreso científico-tecnológico que se verifica de manera muchas veces unilateral presentando como consecuencia características puramente positivistas” (Gratissimam Sane 13) que conducen al agnosticismo y utilitarismo. La segunda cuestión se refiere a la relación entre la persona y la sociedad. Es preciso rechazar la dicotomía actualmente asumida comúnmente, entre una ética denominada personal o privada (por ejemplo la ética sexual y familiar) y una ética denominada pública o social.
Dentro de esta visión de fondo, trazamos ahora unas líneas directivas que conciernen cada una de las áreas disciplinares:
a) Psicología: es preciso privilegiar una orientación personalista, que no considere sólo el individuo, sino la persona en su ámbito relacional. Es oportuno, en concreto, proceder a un estudio detenido de la afectividad en sus puntos decisivos de la relación de los afectos con la libertad y el conocimiento. En las intervenciones terapéuticas debe prestarse atención al ámbito familiar, considerando el conjunto del entorno familiar con el fin de sostener una persona con dificultades.
b) Sociología: es preciso profundizar el significado específico de la comunión de las personas en referencia al entorno social y a su influencia en orden a la percepción de la dignidad personal. En especial, el hecho que la familia se funde en el matrimonio sólo puede comprenderse si se reconocer la primacía de la vocación personal sobre las meras funciones sociales. Sólo así se puede aclarar el tema de “los modelos familiares”, al destacar la originalidad y la vitalidad de la familia en su capacidad de crear cultura. Se debe reflexionar sobre el modo como se puede realizar en sus elementos esenciales el único plan de Dios sobre el matrimonio y la familia en los distintos ámbitos culturales y de formas diferentes. Además es importante estudiar las influencias recíprocas entre la cultura y la familia y el papel de los medios de comunicación en este campo, como de su uso adecuado en el ámbito familiar. Por último, es preciso superar un determinismo naturalista y una valoración puramente utilitaria en la consideración de los datos demográficos, a los que se ha de prestar la debida atención.
c) Pedagogía: se debe reconocer el papel educativo de la familia, como ámbito natural de formación humana. La relación entre el amor conyugal de los esposos, el paterno-filial y el fraternal constituyen los ejes educativos básicos. Es importante desarrollar el tema de la educación afectivo-sexual en la que los padres tienen el papel principal e insustituible y que se ha de completar en la escuela. Al mismo tiempo, no se puede olvidar el papel que la familia como Iglesia doméstica realiza en la transmisión de la fe.
d) Derecho: la “Carta de los derechos de la familia”, publicada por la Santa Sede en 1983, ofrece un primer marco básico para un necesario complemento de los derechos humanos, oponiéndose a su interpretación de signo individualista. Se debe aclarar el papel jurídico de la familia como sujeto de derechos fundamentales, verificando la racionalidad inherente a las legislaciones familiares con un estudio de derecho comparado. Esto implica el desarrollo de los argumentos sobre las razones por las que la familia fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer debe gozar de un privilegio jurídico respecto a sus sucedáneos. Esto se estudiará en los distintos ámbitos de las legislaciones: regional, nacional e internacional. Desde esta perspectiva, se ha de pasar al estudio concreto de las políticas familiares y de los modos más convenientes de intervención pública de los cristianos en este campo. Por último, no puede faltar un estudio de todo el complejo tema de la biojurídica.
e) Biología –medicina: estas ciencias no pueden olvidar que el objeto de su investigación es el hombre y que, más allá de las leyes biológicas, deben reconocer la libertad de la persona y la dignidad personal del cuerpo. Sólo así es posible comprender la necesidad de poner algunos límites éticos a la investigación y de una autorregulación por parte del mundo científico y médico. En el campo de la medicina, un tema de estudio particularmente importante es la relación entre el médico y el enfermo y la relevancia del entorno familiar en los tratamientos terapéuticos. Toda la reflexión bioética debe desarrollarse a la luz de los principios éticos fundamentales, porque se trata sólo de un ámbito de discernimiento ético y no una disciplina distinta, que procediera de principios diversos.
Se debe reservar un espacio adecuado al conocimiento de los medios naturales de regulación de la fertilidad que deben ser estudiados con rigor científico con la conciencia de que, al ser sistemas de diagnóstico, al fin y al cabo, apelan a la madurez moral de los cónyuges llamados a una paternidad y maternidad responsables. Sólo la conciencia de los valores intrínsecos de la sexualidad humana y el discernimiento de la propia vocación dentro del plan de Dios permiten un recurso moralmente válido de tales métodos.
Apuntes
sobre la historia del InstitutoPor D. Juan de Dios Larrú, profesor de teología moral de la Sección Española y por D. José Noriega, profesor de teología moral especial y Vicepresidente de la Sección Central en Roma.
Repasar la historia de una institución académica nos puede permitir conocer mejor su inspiración y originalidad específicas. El pasado está continuamente contenido en el presente y nos proyecta hacia el futuro. Es necesario favorecer una comprensión más profunda de la herencia recibida, para afrontar la propia misión con una conciencia más clara del don que lo impulsa. Esta tarea de memoria histórica ha sido ya iniciada de forma sucinta en otras ocasiones. Por este motivo, intentaremos ahora recoger los datos ya existentes para presentarlos de una forma cronológicamente ordenada y que el lector pueda apreciar, de un modo más nítido, los fines de esta joven institución, determinado sus momentos más sobresalientes.
Vamos a presentar la historia del Instituto, subdividiéndola en cinco grandes apartados siguiendo un criterio cronológico: en primer lugar, intentaremos presentar los orígenes del mismo, para conocer cómo nació, cuál fue su inspiración fundacional y cómo dio sus primeros pasos. En segundo lugar, nos detendremos en la primera década de su vida (1981-1991). Estos años representan la etapa en la que el Instituto comienza a darse a conocer, van llegando los primeros alumnos y se va formando un primer cuerpo docente. En tercer lugar, veremos el desarrollo que experimenta en la segunda década (1992-2002). Son años en los que, paso a paso, el Instituto se va extendiendo geográficamente, donde se verifican también los primeros relevos institucionales importantes y donde nacen proyectos de investigación comunes entre los distintos profesores. En cuarto lugar veremos el inicio del nuevo decenio marcado por los últimos años del Pontificado y la muerte de Juan Pablo II. Finalmente, presentaremos la fase actual con la elección de Benedicto XVI como Sucesor de Pedro y la confirmación que él mismo nos ha dado de la misión del Instituto.
Como en la vida de toda familia, en ella encontramos
momentos de luces y sombras, tiempos de esperanzas e incertidumbres, y
periodos de crecimiento y de madurez. Pero es evidente a lo largo de estos
más de veinticinco años la fecundidad de la intuición
de su fundador y la capacidad formativa del Instituto, que ha transformado
el corazón de tantas personas, matrimonios y familias, iluminando
su misión en la Iglesia.
1. El inicio del Instituto
El 13 de mayo de 1981, el mismo día en que sufría el atentado
en la Plaza de San Pedro, Juan Pablo II fundaba, junto al Pontificio Consejo
para la Familia, el Pontificio Instituto para los estudios sobre matrimonio
y familia que todavía lleva su nombre. Las palabras que tenía
pensado pronunciar en aquella audiencia revelan con claridad su personalísima
intención originaria: “He decidido fundar en la Pontificia
Universidad Lateranense, que es la Universidad de la diócesis del
Papa, un Instituto internacional de Estudios sobre matrimonio y familia
que comenzará su actividad académica en el próximo
octubre. Dicho Instituto se propone presentar a toda la Iglesia la aportación
de la reflexión teológica y pastoral sin la que la misión
evangelizadora de la Iglesia se vería privada de una ayuda esencial.
Será un lugar donde la verdad sobre el matrimonio y la familia
se estudien a fondo a la luz de la fe y con la contribución también
de las distintas ciencias humanas”. En estas palabras se percibe
cómo el Instituto nace de un carisma personal y una intuición
original del mismo Pontífice. El objeto de la iniciativa no es
crear un instituto más entre los muchos ya existentes sobre matrimonio
y familia, sino instituir un espacio privilegiado para profundizar en
el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia.
Tanto la vocación universal del Instituto cuanto la conexión entre reflexión y misión evangelizadora de la Iglesia son subrayados de nuevo con más precisión, el 19 de diciembre de 1981, con ocasión del primer encuentro con los profesores y estudiantes del Instituto recién nacido, el Papa explicitaba la intención y el objetivo que pretendía en los siguientes términos: “He querido yo mismo este Instituto, atribuyéndoos una particular importancia para toda la Iglesia. En efecto, él está llamado a ser un centro superior de estudios y de investigación al servicio de todas las comunidades cristianas, con una finalidad precisa: profundizar cada vez más en el conocimiento de la verdad del matrimonio y de la familia a la luz conjunta de la fe y de la recta razón. Esta verdad debe ser objeto de toda vuestra investigación científica, profundamente conocedores de que sólo la fidelidad a ella salva completamente la dignidad del matrimonio y de la familia”.
En este discurso, se pone singularmente de manifiesto la importancia de colocar a la base de la reflexión del Instituto una sólida y adecuada antropología, que comprenda la completa verdad sobre la persona humana. Esta antropología integral, que tiene como objetivo profundizar en el misterio del hombre sin falsos reduccionismos, ha de tener como luz el Misterio del Verbo Encarnado (GS 22). Unida a esta reflexión antropológica ha de desarrollarse la reflexión moral, asimismo esencial para el Instituto.
Conviene caer en la cuenta del contexto histórico en el que se enmarcan estas palabras. En efecto, apenas un mes antes, el 22 de noviembre de aquel mismo año, el Papa había publicado la Exhortación Apostólica Familiaris consortio, fruto de los trabajos del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma del 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980. El relator del sínodo fue el Cardenal J. Ratzinger, que valoró del siguiente modo la publicación de la exhortación: “El texto es un estímulo para los cristianos y al mismo tiempo una gran tarea”.
Es bien conocido que, como preparación a este sínodo, Juan Pablo II había comenzado a pronunciar una serie de catequesis que se extendieron desde el 5 de septiembre de 1979 hasta el 28 de noviembre de 1984, durante las audiencias de los miércoles, con dos únicas interrupciones debidas al atentado de 1981 y al año de la redención de 1983. Un total de 134 catequesis, distribuidas en seis ciclos. Con ellas, el Papa deseaba “acompañar desde lejos” los trabajos preparativos del Sínodo sobre los Deberes de la familia cristiana (De muneribus familiae christianae). Es significativo cómo con estas catequesis, Juan Pablo II no quiso abordar directamente el tema del Sínodo sino que concentró su atención en las profundas raíces de las que brota la propuesta sinodal. Esta intención del Pontífice de ir a la raíz para desde ella iluminar la cuestión del matrimonio y la familia se debe a varios motivos: su pasión por el Evangelio del matrimonio y la familia, su compasión por la situación actual de la familia y la ayuda pastoral que la Iglesia le debe dar. Ya en el discurso a las familias, con motivo de la celebración del Sínodo, mostró claramente la necesidad de volver a dar la confianza a las familias. Estas catequesis son para el Instituto como el documento fundante e inspirador, y constituyen una auténtica novedad metodológica y teológica, aún en buena parte por conocer, asimilar y difundir.
La inspiración del Instituto nace, pues, unida a la vocación y carisma personal de Karol Wojtyla. Ya como joven sacerdote, Karol sintió una llamada interior a dedicarse a preparar a los jóvenes para el matrimonio, a mostrarles la belleza del amor humano: “hay que enseñarles el amor (...) pues si se ama el amor humano, nace también la necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso»”. La experiencia de K. Wojtyla con estos jóvenes que él denominaba “su pequeña familia” (rodzinka), que posteriormente dio lugar a un entorno (Srodowisko) más numeroso, muchos de ellos casados entre sí, a los que prestaba una atención pastoral extraordinaria, es como el sustrato sobre el que irá creciendo su interés por el matrimonio y la familia. Es en esta experiencia personal donde se le muestra a Karol cómo todo hombre se revela en su unicidad e irrepetibilidad en la familia, cuyo fundamento es el matrimonio.
La intuición de Juan Pablo II al fundar el Instituto que lleva su nombre tiene su origen, por tanto, en su propia experiencia sacerdotal que sabe conjugar la reflexión teológica, filosófica y científica con una constante atención pastoral al matrimonio y la familia. Esta intrínseca relación entre pensamiento y vida, entre teología y pastoral, es verdaderamente decisiva para comprender la originalidad de esta institución, que ha de profundizar siempre más en el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia. El Concilio Vaticano II que Juan Pablo II vivió en primera persona de un modo muy intenso, y particularmente el capítulo “Dignidad del matrimonio y de la familia” de la constitución Gaudium et spes, y la posterior publicación de la encíclica Humanae vitae (25.VII.1968) de Pablo VI, se encuentran siempre como en la raíz de la reflexión del Pontífice sobre el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. La necesidad creciente de un desarrollo orgánico de la teología del matrimonio y de la familia, a partir de estos documentos, es lo que va conduciendo a desplegar todos los medios para alcanzar este fin.
La actual visión inmanentista y secularista del
matrimonio y la familia, de sus valores y exigencias, se funda en el rechazo
de la fuente divina, de la que proceden el amor y la fecundidad de los
esposos, y que expone hoy al matrimonio y la familia a disolverse incluso
como experiencias humanas. Para superar esta visión, resulta decisivo
profundizar en el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia.
2. La primera década del Instituto (1981-1991)
Con el objetivo de nombrarle primer Presidente del Instituto, Juan Pablo
II llama de Milán a don Carlo Caffarra. Nacido el 1 de junio de
1938, ordenado sacerdote el 2 de julio de 1961, Caffarra obtiene el Doctorado
en Derecho Canónico en 1967 en la Pontificia Universidad Gregoriana
con una tesis titulada: “Los fines del matrimonio en el derecho
romano” y dos años más tarde, en 1969, la especialización
en Teología Moral en la Academia Alfonsiana con un trabajo titulado:
“Teología moral y ciencias positivas”.
El 14 de octubre de 1981 tenía lugar el primer acto académico del Instituto en Castelgandolfo, con el Papa todavía visiblemente fatigado por la larga convalecencia tras el atentado. A este acto acudieron el recién nombrado Presidente del Instituto, Mons. Carlo Caffarra, junto a los primeros profesores Stanislaw Grygiel, Ramón García de Haro, Ana Capella, etc. El profesor García de Haro recuerda cómo, terminado el acto académico, en la cena que les ofreció Juan Pablo II, el Papa pronunció en voz baja las siguientes palabras: “la tragedia del hombre de hoy es que ha olvidado quién es: ya no sabe más quién es”. La pérdida de identidad del hombre contemporáneo afecta de un modo particularmente directo al matrimonio y la familia. Por eso, Juan Pablo II insistirá en la necesidad de una antropología adecuada, integral, completa, capaz de devolver al hombre la verdad de su propia identidad.
Al año siguiente, el 7 de octubre de 1982, el Instituto recibía su configuración jurídica, a través de la Constitución Apostólica “Magnum matrimonii sacramentum”. El fin que le señala su mismo fundador es que la verdad acerca del matrimonio y la familia sea indagada con método siempre más científico. Textualmente se afirma que es instituido “a fin de que la verdad acerca del Matrimonio y la Familia sea indagada con un método siempre más científico, y para que los laicos, religiosos y sacerdotes puedan recibir al respecto una formación científica, ya sea filosófico-teológica, ya sea en las ciencias humanas, de manera que su ministerio pastoral y eclesial venga desarrollado de modo más adecuado y eficaz para bien del Pueblo de Dios.” Además es también significativo el hecho que Juan Pablo II en esta Constitución Apostólica confíe el Instituto bajo el especial patrocinio de la Santísima Virgen María de Fátima, por coincidir esta memoria con la fecha del atentado en la plaza de S. Pedro.
La novedad del Instituto no se refleja únicamente en el contenido y el método de investigación, sino que ésta se expresa también en su configuración jurídico-institucional. Se trata de un único centro, pero al mismo tiempo se articula en los diversos continentes a través de la figura jurídica de las secciones. De este modo, a partir de la erección de la sección central en Roma, el Instituto ha ido extendiéndose a los cinco continentes con sedes en Washington (Estados Unidos), Méjico y Guadalajara (México), Valencia (España), Salvador de Bahía (Brasil), Cotonou (Benin), Changanacherry (India), Melbourne (Australia). No se trata de centros independientes, afiliados o agregados entre sí federativamente, sino que forman todos ellos una única institución en la pluriformidad de sus secciones. De este modo, se fomenta y cultiva la dinámica de comunión con un constante intercambio entre las diferentes secciones, que corresponde al principio de la unidad en la pluriformidad, que se ha mostrado tan fecundo en estos años.
Tras los tres primeros cursos, en el año 1985, nace la revista del Instituto, Anthropos, que a partir del año 1987 tomará el nombre de Anthropotes. Órgano oficial del Instituto, es una publicación científica, con periodicidad semestral, que pone a disposición de los estudiosos las reflexiones que se van elaborando en el trabajo académico y de investigación.
Precisamente este mismo año, el 28 de octubre de 1985, tiene lugar las primeras defensas de tesis doctorales. La primera de ellas es la de Don Livio Melina, nombrado Presidente del Instituto en enero de 2006. Melina fue el primer doctorando de Carlo Caffarra y en el acto de su defensa estuvo presente el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, para la que había comenzado a trabajar el doctorando. El trabajo fue publicado bajo el título: “El conocimiento moral. Líneas de reflexión sobre el Comentario de Sto. Tomás a la Ética a Nicómaco”, y constituye una contribución en el campo de la moral fundamental, al poner de manifiesto la originalidad del conocimiento moral según Santo Tomás de Aquino.
Estos primeros resultados en el campo de la teología moral, dieron fruto en los años sucesivos con la celebración de dos importantes congresos internacionales de Teología Moral, organizados conjuntamente por el Instituto y el Centro Académico Romano de la Santa Cruz. Si el primer congreso tuvo como objetivo reflexionar sobre la verdad moral, el segundo, organizado con motivo del XX aniversario de la publicación de la encíclica Humanae vitae, constató el carácter verdaderamente profético de la misma y la necesidad de continuar favoreciendo la comprensión del documento. Ambos congresos culminaron con sendos discursos de Juan Pablo II, el 10 de abril de 1986 y el 12 de noviembre de 1988 respectivamente, en los que el Papa insistió en la estrecha relación verdad-libertad. De este modo, se comenzaba a abordar la temática de lo que posteriormente constituiría uno de los pilares de la Encíclica Veritatis splendor, cuya publicación fue anunciada solemnemente poco más tarde, en la carta apostólica Spiritus Domini del 1 de junio de 1987, con ocasión del segundo centenario de la muerte de San Alfonso María de Ligorio.
En la primavera de este año 1988 se crea la sección internacional de Washington, al frente de la cual se nombra al profesor Carl A. Anderson como Vicepresidente. El actual decano de la sección estadounidense es el prof. D. L. Schindler.
El 15 de agosto de 1988, Juan Pablo II publica la carta apostólica Mulieris dignitatem, sobre la dignidad y la vocación de la mujer con ocasión del Año Mariano. La profundización antropológica que se lleva a cabo en este documento, tiene un hondo eco en la reflexión del Instituto sobre la relación diferencial varón y mujer.
El 14 de noviembre de 1989, Gilfredo Marengo, hoy profesor estable de la Sección Central del Instituto, defiende su tesis doctoral bajo el título “Trinidad y creación. Un estudio en la teología de Tomás de Aquino”. Su director fue el entonces profesor Angelo Scola, hoy Patriarca de Venecia. La importancia de este trabajo estriba en la profundización que realiza en el campo de la teología dogmática, en particular en la teología de la creación, a la luz de su fundamento trinitario. En este sentido, las catequesis de Juan Pablo II habían apuntado ya a la necesidad de una profunda reflexión sobre el “misterio del Principio” como base de una antropología teológica integral.
Una tercera tesis relevante es la defendida el 24 de octubre de 1990 por Claudio Giuliodori, hasta ahora profesor de Teología Pastoral en la Sección Central del Instituto y recientemente nombrado Obispo de Macerata. Su tesis va a estudiar otra temática importante, la de la inteligencia teológica de la polaridad sexual. Dirigida también por el entonces prof. Scola, el estudio recurre, para afrontar el tema, a dos teólogos contemporáneos bien representativos: por una parte, Hans Urs von Balthasar que ha sabido elaborar una amplísima teología en la que el tema esponsal adquiere una gran relevancia gracias a la importancia que concede a la analogía; por otro lado, Pàvel Evdomikov, que fue un laico ruso casado, padre de dos hijos, uno de los más destacados representantes de la teología ortodoxa contemporánea. Como a von Balthasar, también a Evdomikov el tema esponsal le inspira la mayor parte de sus obras. La pasión por los Padres de la Iglesia une a ambos autores y consiente un original estudio donde se pone de relieve cómo el fundamento trinitario, cristológico y eclesiológico de la teología esponsal puede enriquecer una teología del matrimonio y la familia.
Esta primera década se cierra con el balance y la reflexión sintética de Carlo Caffarra. En su valoración conviene destacar la siguiente afirmación que pone de relieve la creciente importancia de la cuestión moral: “En la cultura contemporánea asistimos a dos hechos significativos que asumen carácter de desafío para el Instituto. Por una parte, se da una revalorización de la ética que permanece, sin embargo, ambigua, porque se trata de una ética desgajada de la pregunta sobre el sentido de la vida y que, si se secunda acríticamente por la Iglesia, corre el riesgo de una mortificación moralista de la verdad cristiana. Por otra, se ha ido radicando en la conciencia de muchos creyentes la convicción que aceptar el Magisterio moral de la Iglesia (sobre todo en el campo de la sexualidad) no es ya relevante para la pertenencia a ella. ¿Qué reto se lanza de semejante situación para nuestro Instituto? Se tiene la impresión de no tener de frente un destinatario que rechace algo que ha entendido muy bien, sino más radicalmente de la fuga del destinatario mismo o mejor, de tener delante un sujeto que ha errado las categorías de comprensión. Por tanto se deberá evitar toda separación entre Evangelio y ética, y se deberá recolocar profundamente la ética en el misterio cristiano”.
En el encuentro con el Santo Padre, el 23 de marzo de
1992, con motivo de los diez primeros años de vida del Instituto,
Juan Pablo II señala en su alocución cómo la tarea
del Instituto es especialmente necesaria para la evangelización
de la familia. En este sentido, la Iglesia no se cansa de anunciar el
plan de Dios sobre el matrimonio y la familia porque “sólo
en el consilium Dei, en el proyecto de Dios revelado en Jesucristo,
el hombre y la mujer que se casan conocen la verdad íntegra de
su amor conyugal y sólo en Cristo su libertad es liberada en vista
del cumplimiento de tal verdad.
3. La segunda década del Instituto (1992-2002)
El primer evento significativo de la segunda década del Instituto
es la publicación sucesiva de tres documentos de gran relevancia
para la profundización sobre el matrimonio y la familia: la Encíclica
Veritatis splendor (6.VIII.1993), la Carta
a las familias (2.II.1994) y la Encíclica Evangelium
vitae (25.III.1995).
La Encíclica Veritatis splendor es el primer documento del Magisterio de la Iglesia que trata específicamente de la moral fundamental. La creciente importancia de la moral en el mundo contemporáneo, junto a la necesidad de ofrecer un discernimiento acerca de algunas corrientes de renovación de la teología moral no conformes a la doctrina católica, condujo a la redacción y publicación de este documento.
En estrecha relación con la recepción teológica de esta encíclica, y para proseguir en la dirección de las pistas de investigación que el documento abre, el 7 de febrero de 1997 se crea en el Instituto el Área de Investigación en Teología Moral Fundamental. Este grupo de estudiosos, a partir de algunas sintéticas tesis elaboradas a raíz del estudio de la encíclica Veritatis splendor, va a organizar a partir de 1998 un coloquio internacional anual en el que participan diferentes especialistas con el que este grupo de investigadores se confronta. Como fruto de este trabajo, se han publicado ya las actas de los siete primeros coloquios organizados que constituyen una valiosa contribución para el desarrollo de la renovación de la teología moral fundamental. Un valor del todo relevante adquiere el congreso organizado por este grupo de estudiosos, los días 21-23 de noviembre del 2003, con motivo de los diez años de la publicación de la Encíclica. Desde una comprensión unitaria del documento, y valorando especialmente las afirmaciones y vías de renovación abiertas, en un clima de verdadero diálogo teológico y con una extraordinaria participación de especialistas de todo el mundo, el congreso puso de relieve la fecundidad de la encíclica para la renovación de la teología moral.
Además de todo ello, son ya numerosas las tesis doctorales defendidas en torno al Área de investigación en estos años, muchas de ellas bajo la dirección de Livio Melina. Las primeras son especialmente importantes, particularmente la del profesor Juan-José Pérez-Soba, actualmente catedrático de moral fundamental en la Facultad de S. Dámaso de Madrid y en la sección española del Instituto, la del profesor José Noriega, actualmente Vicepresidente y Profesor estable del Instituto en Roma, la de Jean-Charles Nault, OSB, que recibió el premio Henri de Lubac el año 2004, premio que otorga la embajada francesa ante la Santa Sede, y que ha recibido también, en el año 2007, Brice de Malherbe. Conviene además señalar la tesis de Stephan Kampowski, actualmente profesor de Ética en la Sección Central.
Con ocasión de la celebración del Año de la Familia promovido por la ONU, el año 1994, Juan Pablo II escribe el 2 de febrero de aquel mismo año, la Carta a las familias, Gratissimam sane, dirigida a cada una de las familias del mundo. En ella, el Papa afirma que la familia es el camino de cada hombre, el camino de la Iglesia. La familia es una comunidad singular, pues es una comunión de personas. Esta comunión de personas que tiene su origen en el amor conyugal, se completa y se perfecciona dilatándose en los hijos. Las relaciones padres-hijosson contempladas a la luz del cuarto mandamiento. El término clave de este precepto es la honra. Honrar significareconocimiento convencido de la persona, una entrega sincera de la persona a la persona, y por ello honra y amor convergen.
El tercer documento importante es la Encíclica Evangelium vitae, publicada el 25 de marzo de 1995. Unida a la recepción de este documento, se encuentra la presentación inaugural del Instituto en España, pues a propósito de la encíclica se organizó un Congreso sobre la encíclica Evangelium vitae los días 16-18 de noviembre de 1995. La sede española del Instituto se encuentra en la ciudad de Valencia. El interés mostrado por D. Juan Antonio Reig Plá, actual Vicepresidente de la Sección Española, que por aquel entonces era delegado de pastoral familiar de la Archidiócesis de Valencia, condujo a que la sede española fuera la ciudad levantina. Como reconocía no hace mucho Mons. García Gasco, arzobispo de Valencia, cada vez que se encontraba con el Papa, la primera pregunta que le hacía siempre era la misma: “¿cómo va el Instituto en Valencia?”
El 8 de septiembre de 1995, Juan Pablo II nombra a Mons.
Carlo Caffarra, hasta entonces Presidente del Instituto, Arzobispo de
la diócesis de Ferrara-Comacchio. El Vicepresidente durante el
trienio 1993-1996, Mons. Massimo Camisasca, fue el encargado de dar la
noticia al Instituto del nombramiento del Papa. Caffarra fue ordenado
obispo el 21 de octubre de aquel mismo año. Días antes,
el Pontífice enviaba una carta de ánimo y agradecimiento
por la labor desempeñada al frente del Instituto. Con este nombramiento
se cierran los primeros quince años de vida del mismo, en los que
Mons. Caffarra supo hacer de padre, pues no solamente acompañó
el nacimiento del nuevo Instituto, sino que también favoreció
su posterior crecimiento, tanto coordinando la creación de un cuerpo
de profesores en Roma cuanto promoviendo la creación de las primeras
sedes de Washington (1988), Ciudad de Méjico y Guadalajara (1992),
y Valencia (1994). La contribución científica de Carlo Caffarra
para el Instituto se sitúa en el ámbito de la teología
moral fundamental. En unos años en los que las dificultades para
abrir caminos de renovación eran más que patentes, Caffarra
supo contribuir originalmente a este deseo de renovación expresado
en el Concilio Vaticano II, ofreciendo sobre todo en su obra “Vida
en Cristo” una estimulante visión de la moral siguiendo las
huellas de su maestro Santo Tomás de Aquino e incorporando las
intuiciones de algunos insignes teólogos contemporáneos,
particularmente de H. Urs Von Balthasar. Junto a esta obra hay quedestacar
también “Ética general de la sexualidad” en
la que con la claridad y concisión que le caracterizan, ofrece
una síntesis antropológicamente fundada de la ética
de la sexualidad.
Para sustituir a Mons. Caffara, Juan Pablo II nombra el 29 de septiembre
de 1995 a Mons. Angelo Scola, que era ya desde el 24 de julio de 1995
Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense.
Con ello el Papa une en una sola persona la figura del Presidente del
Instituto y el Rector de la Universidad. Mons. Scola, nacido en 1941,
ordenado sacerdote en 1970, es Doctor en Filosofía por la Universidad
Católica de Milán y en Teología por la Universidad
de Friburgo (Suiza). Él había sido nombrado Obispo de Grosseto
el 20 de julio de 1991 y ordenado el 21 de septiembre del mismo año.
El lema episcopal que eligió fue el dicho de S. Pablo «Sufficit
gratia tua» (cfr. 2Co 12,9, «Basta tu gracia»).
Como Vicepresidente para el trienio 1997-2000 fue designado Mons. Jean
Laffitte. Especialista en temas de moral y espiritualidad, ha sido nombrado
recientemente, el 24 de enero de 2006, Vicepresidente de la Pontificia
Academia para la Vida. El 9 de mayo de 1996, con ocasión
del decimoquinto aniversario del Instituto, el Papa recibe de nuevo en
audiencia a los profesores y alumnos del Instituto, junto a los miembros
del Pontificio Consejo para la Familia. En su alocución, Juan Pablo
II recuerda que la familia debe ser puesta en el centro de los planes
diocesanos y nacionales porque “el futuro de la humanidad pasa por
la familia” (FC 86). La profundización académica con
rigor científico, según una visión correcta de la
antropología humana iluminada por el Evangelio, es particularmente
necesaria. Por ello, el Papa considera que hacía falta un Instituto
de nivel superior donde los estudiantes recibieran una preparación
específica para poder, a su vez, –ya sea como profesores,
ya sea como animadores de la pastoral familiar en las diversas áreas
geográficas-, contribuir a enriquecer la vida de los fieles haciéndoles
descubrir la vocación a la santidad de los cónyuges y de
los demás miembros de la familia. De ahí que Juan Pablo
II animara a continuar el trabajo iniciado en la formación de personas
así como la expansión siempre mayor del Instituto.
Del 22 al 27 de agosto de 1999, se organiza en Roma una Semana Internacional de Estudio, que cuenta con la presencia de 114 profesores de todo el mundo y 30 doctorandos y colaboradores. Durante la misma se profundiza en la naturaleza, contenido y método interdisciplinar propios del Instituto, compartiendo los mejores resultados de las investigaciones llevadas a cabo en los diferentes campos. El trabajo se divide en cuatro áreas: antropología teológica, antropología filosófica, moral y sociología. Un número extraordinario de la revista Anthropotes recoge estos trabajos, que son como un punto de referencia precioso, tras los primeros 18 años de vida del Instituto.
Como conclusión de esa semana, el 27 de agosto de 1999, el Papa recibe a sus participantes en su residencia de Castelgandolfo. En su importante discurso, Juan Pablo II mira el futuro, constatando que la provocación de la mentalidad secularista es ahora, en cierto sentido, más radical sobre la persona, el matrimonio y la familia.
El desafío al inicio del tercer milenio al que ha de dar respuesta el Instituto es, por ello, esa inaceptable división entre libertad y naturaleza la que produce la consideración del cuerpo, de la diferencia sexual y las mismas facultades procreativas como puros datos biológicos. Para responder al desafío, Juan Pablo II propone una ulterior profundización en el designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la familia, y sugiere algunas perspectivas en esta dirección. La primera se refiere al fundamento del misterio trinitario como fuente última del ser y clave última de la antropología. La segunda se refiere a la vocación del hombre y la mujer a la comunión. La tercera a la realidad sacramental de la Iglesia y la cuarta a la relación persona-sociedad. Todas ellas tienen como punto de convergencia una referencia cristocéntrica. Estas perspectivas han de articular las áreas teológica, filosófica y de las ciencias humanas que son necesarias para la visión orgánica del matrimonio y la familia.
La notable insistencia en la necesidad de partir siempre
de la unidad del designio de Dios sobre la persona, el matrimonio y la
familia, haciendo posible una investigación y una enseñanza
interdisciplinares, es una nota importante en todos los discursos y alocuciones
de Juan Pablo II al Instituto en orden a superar la creciente deconstrucción
del matrimonio y la familia.
4. Los inicios del tercer decenio
El 3 de marzo de 2001, Juan Pablo II nombra secretario del Pontificio
Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos a Marc
Ouellet, profesor estable de teología dogmática del Instituto,
asignándole la sede episcopal de Agropoli. Posteriormente, el 15
de noviembre de 2002 es nombrado Arzobispo de Québec, primado de
Canadá. Por último, el 28 de septiembre de 2003, es elegido
cardenal. De este modo, culminaba el trabajo científico del profesor
Ouellet en el Instituto, desde que llegó al mismo en 1996.
El 10 de mayo del 2001 pronunció su lección de despedida en el Instituto el prof. G. Zuanazzi. Nacido en 1930, profesor de psiquiatría en la universidad de Milán, es autor de numerosas obras en el campo de la psicología y de la psiquiatría.
El 31 de mayo del 2001, el Papa recibe nuevamente en la Sala Clementina a los profesores y estudiantes del Instituto con motivo del vigésimo aniversario del mismo. Tras las palabras de saludo del Presidente Mons. Scola, tomó la palabra el profesor Grygiel que leyó al Papa una poesía escrita por Karol Wojtyla y dedicada a S. Estanislao, evangelizador de Polonia. En ella se expresaba de modo maravilloso cómo la sangre de su martirio había sido más fecunda para la difusión de la fe que toda su predicación en tierras polacas. Con un claro paralelismo, el prof. Grygiel quería transmitir al Papa que también su sangre había sido muy fecunda para la extensión y difusión del Instituto. Stanislaw Grygiel es el único de los profesores que ha conocido la vida del Instituto desde su inicio y es, por ello, un testigo privilegiado del mismo, pues además ha sido amigo personal de K. Wojtyla y un discípulo singularmente cualificado en el desarrollo de la relación entre filosofía y poesía. Está casado y es padre de dos hijos. Su pensamiento, siempre original, brota de su permanente contacto con las fuentes clásicas, con una inclinación preferencial por la filosofía de inspiración platónica. Su reflexión filosófica en el Instituto ha girado en torno a la categoría clave de “communio personarum”. Actualmente, el prof. Grygiel es el director de la “Cátedra Wojtyla” inaugurada en el Instituto el 14 de octubre de 2003 para profundizar en el pensamiento filosófico, teológico y poético de K. Wojtyla.
Retornando a la audiencia del 31 de mayo de 2001, Juan Pablo II retomó en su alocución, algunos textos claves de intervenciones precedentes como la necesidad de no olvidar el “principio” de la creación del hombre como varón y mujer para no oscurecer la singular dignidad de la persona humana. Este oscurecimiento propicia una “cultura de la muerte”. Para superarla, es preciso promover una cultura de la familia que contribuya a desarrollar la “cultura de la vida”. Ya en su importante discurso a la Unesco el año 1980, Juan Pablo II afirmaba que “cultura es aquello por lo que el hombre llega a ser más hombre, «es» más, accede más al ser”. Como ya hemos señalado, en FC 86 apuntaba también en esta misma dirección: “el futuro de la humanidad pasa a través de la familia”. Esta alusión a la necesidad de promover una cultura de la familia ha sido recibida en el Instituto a través de la organización de seminarios y de algunas publicaciones.
En el mes de Julio del 2001 se instituye la sede australiana del Instituto en la ciudad de Melbourne. Como Vicepresidente al frente de la misma se nombra al Prof. P. Anthony Fisher, OP que pocos años después será nombrado Obispo Auxiliar de Sydney. Actualmente, el Director de tal centro es S.E. Mons. Peter J. Elliott, recientemente nombrado Obispo Auxiliar de Melbourne.
En el año 2001 se erigen tres nuevas secciones del Instituto que durante los años precedentes funcionaban como centros asociados. La Sección Brasileña está en Salvador de Bahía e imparte el programa del Master en Ciencias del matrimonio y la familia. La Sección India del Instituto se encuentra en Thuruty, en la Archidiócesis de Changanacherry (Kerala, India). La Sección para África francófona tiene su sede en Cotonou, en la República de Benín. En estas dos últimas secciones se imparten actualmente los programas de Licencia en Sagrada Teología del matrimonio y de la familia y del Master en Ciencias del matrimonio y la familia.
El 5 de enero de 2002, S.E. Mons. Angelo Scola es nombrado patriarca de Venecia y posteriormente, el 28 de septiembre de 2003, junto a M. Ouellet, es creado Cardenal. Junto a su incansable capacidad propositiva y organizativa, la permanente atención al diálogo con la cultura contemporánea, la gran contribución científica del Cardenal Scola para el Instituto ha sido la elaboración de una propuesta antropológica sistemática, centrada en el misterio nupcial. Bajo esta categoría se entrelazan la diferencia sexual, el don de sí y la fecundidad del amor, como una tríada de elementos inseparables de este misterio nupcial, que tiene una referencia cristocéntrica fundamental. Inspirándose en la obra teológica de Von Balthasar, y teniendo presentes sus tres binomios: espíritu-cuerpo, hombre-mujer e individuo-colectividad, como determinantes de la estructura fundamental del hombre como identidad y diferencia, la reflexión de Scola se enriquece con nuevas intuiciones a la luz del magisterio de Juan Pablo II, sobre todo en lo que respecta al valor antropológico de la experiencia elemental. El modo como el hombre interpreta sus experiencias básicas, originarias resulta decisivo para elaborar una antropología adecuada. En su última lección de despedida en el Instituto, el 10 de diciembre de 2002, se nos ofrece de manera sintética su intelección del misterio nupcial.
Para conocer la rica contribución científica del cardenal Scola puede consultarse la valiosa y completísima bibliografía de sus publicaciones, actualizada hasta el 15 de septiembre de 2001, que ha sido posteriormente ampliado hasta el año 2003 en el libro de homenaje sobre el misterio nupcial, ofrecido al cardenal Scola por distintos profesores del Instituto.
Como sucesor suyo, Juan Pablo II nombra Rector de la Pontificia Universidad Lateranense y Presidente del Instituto a S.E. Mons. Rino Fisichella. Nacido en 1951, realizó sus estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, especializándose en Teología Fundamental, siguiendo la teología de Hans Urs von Balthasar. Desde su campo específico, Mons. Fisichella continuará con la línea de sus predecesores, insistiendo en la importancia de un verdadero diálogo con el mundo contemporáneo a través de una profundización de la dimensión natural del matrimonio y la familia. Con su iniciativa se inició un trabajo interno de los profesores de la Sección Central enriquecido posteriormente por los profesores de todas las otras secciones del Instituto, para sintetizar las perspectivas de investigación y de enseñanza que ofrece el Instituto. Este trabajo ha permitido una conciencia mucho mayor de la unidad de la enseñanza del Instituto y permite ofrecer una visión clara y abierta de la conexión de las ciencias que se ocupan del matrimonio y la familia. Por otra parte, la Sección Central se enriquece con una nueva biblioteca en sus locales. En estos años tienen inicio nuevos contactos con conferencias episcopales para la apertura de nuevas secciones entre las cuales están Zambia y Líbano.
El 2 de abril de 2005, tras una larga y penosa enfermedad, en las Vísperas de la Fiesta de la Misericordia en la Octava de Pascua moría el fundador del Instituto, Su Santidad Juan Pablo II. El impresionante testimonio de entrega hasta el final, asumiendo plenamente consciente el sufrimiento y la realidad de su muerte, fueron para el mundo entero un hecho extraordinario, una lección de fidelidad y entrega. Durante aquellos días se manifestó, quizás más que nunca, la impresionante paternidad de Juan Pablo II para la Iglesia y para el mundo. Mientras miles de personas rezaban aquella noche el Rosario en la Plaza de S. Pedro, bajo el mosaico de la Mater Ecclesiaeque él mandó colocar en lugar destacado del palacio vaticano, y que hacía patente a todos los presentes que se estaba consumando el Totus tuus como lema de su Pontificado, un grupo de profesores y estudiantes tuvimos la enorme gracia de poder vivir juntos la muerte de Juan Pablo II, a pocos metros del lugar donde había nacido el Instituto el 13 de mayo de 1981.
Como afirmó L. Melina en la homilía al
Instituto a los pocos días de la muerte del Papa: “...con
Juan Pablo II Dios nos ha sorprendido, realizando aquello que sólo
Dios puede hacer. Como para el pueblo de Israel en camino por el desierto,
ha transformado la peña en fuentes de agua. Sin dejar de ser roca,
garantía de estabilidad en la fe, columna cierta del vínculo
con la Tradición, al mismo tiempo Pedro, en la persona del primer
Papa polaco, se ha convertido en fuente de novedad espiritual, fuente
del carisma que alimenta y renueva la vida de la Iglesia. Nuestro Instituto
para estudios sobre matrimonio y familia, que lleva su nombre, porque
por Él fue fundado y querido, nace de esta extraordinaria combinación
de dos factores aparentemente opuestos: no solamente de la fidelidad cordial
al Magisterio y de la convencida adhesión a la Tradición,
sino de la experiencia que la enseñanza de este Papa, de Juan Pablo
II, es verdaderamente una fuente viva de inspiración: es una visión
nueva, rica de perspectivas, capaz de encontrar el corazón del
hombre y de fascinarlo, porque radicada en lo antiguo, es decir en la
verdad originaria del «principio» y no en las modas efímeras
de superficiales puestas al día. La roca es al mismo tiempo fuente:
es tradición y es futuro, es memoria y es profecía”.
5. La fase reciente
Tras
la muerte de su fundador, el Instituto aparece ahora más vivo y
fecundo que nunca. El 18 de enero de 2006 es nombrado nuevo presidente
Mons. Livio Melina, que durante el cuatrienio anterior había sido
ya Vicepresidente de la Sección Central del Instituto. De este
modo, el Papa Benedicto XVI vuele a distinguir las dos figuras de Rector
de la Universidad y Presidente del Instituto, lo que pone de relieve cómo,
después de la muerte de Juan Pablo II, el Instituto tiene una personalidad
y una misión singulares.
La fase actual está marcada por la celebración del XXV aniversario del Instituto, con el Congreso Internacional “Amar el amor humano. La herencia de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia”. En el curso de esta celebración, su Santidad Benedicto XVI concede al Instituto una inolvidable audiencia, en la que tomaron parte más de 1200 personas, entre participantes al Congreso y ex-alumnos. El discurso del Santo Padre en esta ocasión, confirma la misión del Instituto, como una reflexión sobre la verdad del amor al servicio de la nueva evangelización. Así, la fase actual viene marcada por la gran herencia recibida por Juan Pablo II y, al mismo tiempo, por el horizonte abierto con la Encíclica Deus caritas est. Esta Encíclica ha sido acogida por los profesores del Instituto como un auténtico estímulo y fuente de inspiración para su trabajo, de modo que en breve tiempo han preparado un comentario al texto pontificio, regalado después al Santo Padre con ocasión de la audiencia del 11 de mayo, traducido en tres lenguas. La vía del amor se configura, por tanto, como la vía a recorrer en la reflexión sobre el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, una vía privilegiada, porque es la vía que Dios ha elegido para revelarse al hombre y, al mismo tiempo, para que el hombre se acerque a Él.
Los retos del Instituto en esta nueva fase han sido manifestados en el discurso que el Presidente, el Prof. Livio Melina, ha dirigido a los participantes al Congreso con ocasión del XXV aniversario. En primer lugar se trata de ver la fecundidad de la herencia que el Siervo de Dios Juan Pablo II ha dejado, una fecundidad que el mismo Instituto ha explorado, organizando la II Semana Internacional de Estudio, que tiene como tema “La familia cristiana para la vida del mundo”, y que reunirá más de 200 profesores y doctorandos en agosto de 2007. En segundo lugar, se nota cómo el tiempo ha madurado para una nueva expansión del Instituto, por lo que los contactos iniciados para abrir nuevas secciones se están consolidando así como, al mismo tiempo, se han establecido nuevos contactos como por ejemplo con Corea y con algunas naciones de la Europa ex-comunista.
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Con la colaboración de la Fundación Casa de la Familia
